domingo, 17 de mayo de 2015

EL EVANGELIO DE HOY: DOMINGO 17 DEL 2015 - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


El Señor ¿Se va o se queda con nosotros?
El Señor ¿Se va o se queda con nosotros?


Marcos 16, 15-20. Solemnidad de la Ascensión Ciclo B. La Ascensión del Señor es nuestro triunfo y nuestra victoria definitiva, nuestra alegría, nuestro consuelo y esperanza. 


Por: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net



Del santo Evangelio según san Marcos 16,15-20
Y les dijo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien." Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Oración introductoria
Señor, permite que esta oración me lleve a ascender, a crecer en la fe, la esperanza y la caridad, para que con gran alegría cumpla todo lo que me has mandado, sabiendo que Tú estarás conmigo todos los días.

Petición
Que el gozo de tu ascensión, Señor, me lleve a centrar mi vida en el amor.

Meditación del Papa Francisco
Jesús parte, asciende al cielo, o sea vuelve hacia el Padre, quien le había enviado al mundo. Hizo su trabajo y retornó al Padre. Pero no se trata de una separación, porque él se queda siempre con nosotros, de una nueva manera. Con su ascensión el Señor resucitado atrae la mirada de los apóstoles -y también nuestra mirada- a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre. Él mismo dijo que se habría ido para prepararnos un lugar en el cielo.
Entretanto, Jesús se queda presente y operante en las situaciones de la historia humana con la potencia y los dones de su Espíritu; está al lado de cada uno de nosotros: mismo si no lo vemos con los ojos, él está, nos acompaña y guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos.
Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados, cercano a cada hombre y mujer que sufre, está cercano de todos nosotros.(Homilía de S.S. Francisco, 1 de junio de 2014).

Reflexión
¿Y dejas, Pastor santo,/ tu grey en este valle hondo, oscuro,/ con soledad y llanto?/ Y Tú, rompiendo el puro/ aire, ¿te vas al inmortal seguro?... Así comienza el poeta castellano, el gran Fray Luis de León, su oda a la Ascensión del Señor. Con encanto lírico y aire nostálgico se dirige a Cristo, a quien ve subir al cielo, como queriendo aferrarse a sus vestidos para que no se vaya y permanezca por más tiempo entre los suyos. Ésa tuvo que ser también la experiencia de los apóstoles y de los discípulos de Cristo cuando lo vieron ascender a los cielos...

Los antes bienhadados/ y los ahora tristes y afligidos/ –continúa nuestro poeta su mística contemplación– a tus pechos criados, / de ti desposeídos,/ ¿a do convertirán ya sus sentidos?/ ¿Qué mirarán los ojos/ que vieron de tu rostro la hermosura,/ que no les sea enojos?/ Quién oyó tu dulzura,/ ¿qué no tendrá por sordo y desventura?”.

Estos versos rebosan de inspiración, sin duda alguna. Pero yo creo que también debemos albergar otros sentimientos en nuestro corazón: la alegría, el gozo profundo y el regocijo porque nuestro Señor ha triunfado definitivamente. Con su gloriosa resurrección ha vencido a nuestros enemigos: al demonio, al pecado y a la muerte. Pero su ascensión a los cielos confirma su victoria y culmina su glorificación como Mesías, Redentor e Hijo de Dios.

Pero ese triunfo no es sólo de Él. ¡También es nuestro! Porque Cristo nos ha abierto las puertas del Reino de los cielos y ahora se va –como dijo a sus apóstoles en la Última Cena– "para prepararnos un lugar". Y luego, cuando nos lo haya preparado, de nuevo volverá y nos tomará para llevarnos a donde está Él, para que estemos con Él para siempre. (Jn 14, 2-3). ¡Ése es el motivo profundo de nuestra esperanza! Cuando escucho que alguien se muere –sobre todo si se trata de un amigo o de un ser querido– yo personalmente experimento un gran regocijo y también una santa envidia: ¡Qué dicha tan grande para él –pienso para mis adentros– que ya goza para siempre de Dios y ya no habrá más tristezas, ni más lágrimas! ¡Y ojalá también me tocara a mí muy pronto tan grande e incontenible felicidad!...

Yo no entiendo por qué algunas gentes se ponen tristes, abatidas o incluso se desesperan o se rebelan a veces contra Dios por la muerte de ser querido, si ya está gozando de Dios por toda la eternidad. ¡Dichoso él!... Obviamente, a todos nos duele su separación –como a los apóstoles les dolía que su Señor se fuera al cielo–. Pero, ¡qué inmensa dicha para Jesús! Y, por tanto, también para nosotros. A esta luz, se entienden perfectamente aquellas otras palabras de nuestro Señor, pronunciadas en el Cenáculo la noche de la despedida: "Si me amarais, os alegraríais de que me fuera, pues me voy al Padre" (Jn 14,28). Ahora sí se está yendo definitivamente al cielo... ¿Y no debemos también alegrarnos con Él?

Pero como Cristo es Dios, es omnipotente. Y para Él no hay imposibles. Se va, pero se queda al mismo tiempo, como lo hizo la noche bendita del Jueves Santo al instaurar la Eucaristía. Sólo su amor podía tener esas ocurrencias. Pero el suyo es un amor todopoderoso y eficaz. Nuestro amor humano también sueña y experimenta deseos semejantes, pero somos radicalmente impotentes para cumplir los sueños y los anhelos de nuestro amor. Pues Cristo sí puede realizarlos: se va. Pero se queda con nosotros. ¡Qué maravilla! ¡Qué enorme consuelo para nuestra soledad y para nuestras horas de tristeza, de oscuridad, de abatimiento, de derrota y de desesperanza!

Sí. Cristo se queda: "No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros" –nos prometió también en la Última Cena– (Jn 14, 18). Y lo que Cristo promete, lo cumple, porque Él es fiel a sus promesas. Recordemos lo que nos dijo antes de su ascensión: "Yo estaré con vosotros para siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 20). Él nunca está ausente. Es el gran Presente. Por tanto, alegría, consuelo, esperanza. "En las duras y en las maduras", como reza el decir popular. También cuando a veces "ya no sintamos lo duro, sino lo tupido" de la batalla. Todos tenemos nuestros ratos duros y amargos, de desconcierto y de decaimiento. Todos. Porque todos vamos como peregrinos "gimiendo y llorando en este valle de lágrimas". Pero con Cristo a nuestro lado y dentro de nosotros, ¡todo lo podemos!

Y a propósito de que estamos aquí de paso, la fiesta de la Ascensión del Señor nos lo confirma. Cristo, subiendo al cielo, nos invita a elevar también nosotros el corazón a las alturas: "Si habéis resucitado con Cristo -nos exhorta san Pablo- buscad las cosas de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque estáis muertos y vuesta vida está escondida con Cristo en Dios" (Col 3, 1-3).

Si Cristo está en el cielo, también nosotros debemos tener el corazón en el cielo. Pero los pies bien puestos sobre la tierra. ¡Levantemos el corazón! -nos invita en cada Misa el sacerdote-. Y nosotros siempre respondemos: ¡Lo tenemos levantado hacia el Señor! Pues ojalá que no sean sólo palabras, sino que nuestra vida entera lo confirme.

Y finalmente, la Ascensión es una llamada a la misión y al apostolado, a compartir con los demás nuestra fe y nuestras certezas: "¿Qué hacéis allí mirando al cielo?"–nos dice el ángel–. Hay que ir a proclamar el mensaje de Cristo: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16,15), bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo -fue el mandato del Señor antes de marcharse-, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado" (Mt 28, 19).

Propósito
Renovar mi compromiso de anunciar a Cristo, con la palabra y mi testimonio de vida.

Diálogo con Cristo
Tu Ascensión es nuestro triunfo y nuestra victoria definitiva, nuestra alegría, nuestro consuelo y esperanza; una llamada a vivir con el corazón en el cielo y una invitación a compartir con los demás la felicidad de nuestra fe. ¡Aleluya, aleluya!

LOS SANTOS DE HOY: DOMINGO 17 DE MAYO DEL 2015

Emiliano de Vercelli, SantoEmiliano de Vercelli, Santo
Obispo, 17 de mayo


Hoy también se festeja a:

Antonia Mesina, BeataAntonia Mesina, Beata
Virgen y Mártir, Mayo 17
Julia Salzano, SantaJulia Salzano, Santa
Fundadora, 17 de mayo
Iván Ziatyk, BeatoIván Ziatyk, Beato
Sacerdote y Mártir, 17 de mayo
Restituta, SantaRestituta, Santa
Virgen y Mártir, Mayo 17
Pascual Bailón, SantoPascual Bailón, Santo
Religioso Franciscano, Mayo 17

SAN PASCUAL BAILÓN, RELIGIOSO FRANCISCANO, 17 DE MAYO


Pascual Bailón, Santo
Pascual Bailón, Santo

Religioso Franciscano, Mayo 17 


Fuente: Corazones.org



Religioso Franciscano

Hijo de humildes campesinos, Martin Bailón e Isabel Yubero, Pascual nació el 16 de mayo de 1540 en Torrehermosa, Aragón (España). El segundo de seis hermanos. Le llamaron Pascual porque nació en la vigilia de Pentecostés.

Desde los 7 hasta los 24 años trabajó como pastor de ovejas.

Tal era su amor a la Eucaristía que el dueño del rebaño decía que el mejor regalo que le podía ofrecerle al niño era permitirle asistir algún día entre semana a la Santa Misa.

Desde el campo donde pastoreaba alcanzaba a ver el campanario de la iglesia del pueblo. De vez en cuando se arrodillaba para adorar al Santísimo Sacramento desde lejos.

Un día, mientras el sacerdote consagraba, otros pastores le oyeron gritar: "¡Ahí viene!, ¡allí está!". Cayó de rodillas. Había visto a Jesús venir en aquel momento. Se le apareció el Señor en varias ocasiones en forma de viril o de estrella luminosa.

Desde niño hacía duras penitencias, como andar descalzo por caminos pedregosos. Cuando alguna oveja pasaba al potrero del vecino, pagaba a este de su escaso salario por el pasto que la oveja se había comido.

Entra con los Franciscanos.

A los 24 años ingresó en el convento de los frailes menores (franciscanos) de Alvatera. Al principio no lo aceptaron por su poca instrucción. Apenas había aprendido a leer para rezar el pequeño oficio de la Santísima Virgen María que llevaba siempre mientras pastoreaba. Sus favoritas oraciones eran a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen.

Los franciscanos le asignaron oficios humildes. Fue portero, cocinero, mandadero y barrendero.

Su tiempo libre lo dedicaba a la adoración Eucarística, de rodillas con los brazos en cruz. Por las noches pasaba horas ante el Santísimo Sacramento. Continuaba su adoración tarde en la noche y por la madrugada estaba en la capilla antes que los demás.

Hablaba poco, pero cuando se trataba de la Sagrada Eucaristía, lo inspiraba el Espíritu Santo. Siempre estaba alegre, pero nunca se sentía tan contento como cuando ayudaba a Misa o cuando podía estarse un rato orando ante el Sagrario del altar. Al llegar a un pueblo iba primero a la iglesia y allí se quedaba por un buen tiempo de rodillas adorando a Jesús Sacramentado.

En una ocasión, un hermano religioso se asomó por la ventana y vio a Pascual danzando ante una imagen de la Sma. Virgen y le decía diciéndole: "Señora: no puedo ofrecerte grandes cualidades, porque no las tengo, pero te ofrezco mi danza campesina en tu honor". El religioso pudo ver que el santo rebosaba de alegría.

Pascual compuso bellas oraciones al Santísimo Sacramento. El Arzobispo San Luis de Rivera, al leerlas exclamó admirado: "Estas almas sencillas sí que se ganan los mejores puestos en el cielo. Nuestras sabidurías humanas valen poco si se comparan con la sabiduría divina que Dios concede a los humildes".

Le enviaron a París a entregar una carta al general de la orden. En camino defendió la Eucaristía frente a las herejías de un predicador calvinista, por lo que casi lo mata una turba Hugonotes. El se alegró por haber tenido el honor de sufrir por su fidelidad al Señor y no se quejó.

Aunque Pascual apenas sabía leer y escribir, era capaz de expresarse con gran elocuencia sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía. Tenía el don de ciencia infusa. Sus maestros se quedaban asombrados de la precisión con que respondía a las mas difíciles preguntas de teología.

Le dedicaron este verso: De ciencia infusa dotado,

"siendo lego sois Doctor,
Profeta y Predicador,
Teólogo consumado... "

Se destacó por su humildad y amor a los pobres y afligidos. Era famoso por sus milagros y su don para llevar las almas a Cristo. Martín Crespo relató como el santo le había librado de su determinación de vengarse de los asesinos de su padre. Habiendo escuchado el viernes santo el sermón sobre la pasión, sus amigos le exhortaban a perdonar. El se mantenía inmovible. Entonces Pascual lo tomó del brazo, lo llevó a un lado y le dijo: "Mi hijo, ¿No acabas de ver la representación de la pasión de Nuestro Señor?". "Entonces -escribe Martín- con una mirada que penetró mi alma me dijo: "Por el amor de Jesús Crucificado, mi hijo, perdónalos".
"Si, Padre", contesté, bajando mi cabeza y llorando. "Por el amor de Dios yo los perdono con todo mi corazón" Ya no me sentí la misma persona"

Cuando estaba moribundo oyó una campana y preguntó: "¿De qué se trata?". "Están en la elevación en la Santa Misa". "¡Ah que hermoso momento!", y quedó muerto en aquel preciso momento. Era el 15 de Mayo de 1592, el Domingo de Pentecostés. Villareal, España.

Durante su misa tenían el ataúd descubierto y en el momento de la doble elevación, los presentes vieron que abrió y cerró por dos veces sus ojos. Su cuerpo aun después de muerto, manifestó su amor a la Eucaristía. Eran tantos los que querían despedirse de el que lo tuvieron expuesto por tres días.

Hizo muchos milagros después de su muerte.

Beatificado el 29 de Octubre de 1618 por el Papa Pablo V
Canonizado el 16 de Octubre de 1690 por el Papa Alejandro VIII

Declarado Patrono de los Congresos Eucarísticos y Asociaciones Eucarísticas por León XIII, es también patrono de los cocineros y del municipio de Obando (Filipinas).
 
ORACIÓN
Querido San Pascual:
consíguenos del buen Dios
un inmenso amor por la Sagrada Eucaristía,
un fervor muy grande
en nuestras frecuentes visitas al Santísimo
y una grande estimación por la Santa Misa.
Amén
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