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domingo, 4 de septiembre de 2022

IMÁGENES Y HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO SOBRE LA BEATIFICACIÓN JUAN PABLO I












⛪ BEATIFICACION DE JUAN PABLO I | "El nuevo beato vivió de este modo: con la alegría del Evangelio, sin concesiones, amando hasta el extremo. Él encarnó la pobreza del discípulo, que no implica solo desprenderse de los bienes materiales, sino sobre todo vencer la tentación de poner el propio “yo” en el centro y buscar la propia gloria. Por el contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, fue un pastor apacible y humilde. Se consideraba a sí mismo como el polvo sobre el cual Dios se había dignado escribir (cf. A. Luciani/Juan Pablo I, Opera omnia, Padua 1988, vol. II, 11). Por eso, decía: «¡El Señor nos ha recomendado tanto que seamos humildes! Aun si han hecho cosas grandes, digan: siervos inútiles somos» (Audiencia General, 6 septiembre 1978). Papa Francisco
📷 Daniel Ibáñez





Homilía del Papa Francisco en la beatificación de Juan Pablo I
Redacción ACI Prensa


El Papa Francisco beatificó este domingo 4 de septiembre a Juan Pablo I, conocido como “el Papa de la sonrisa” cuyo Pontificado duró solo 33 días.

En su homilía, el Santo Padre dijo que el Papa Luciani con su sonrisa “logró transmitir la bondad del Señor” y añadió que “es hermosa una Iglesia con el rostro alegre, un rostro sereno y un rostro sonriente, que nunca cierra las puertas, que no endurece los corazones, que no se queja ni alberga resentimientos, que no está́ enfadada, una Iglesia no enfadada, ni es impaciente, que no se presenta de modo áspero ni sufre por la nostalgia del pasado, cayendo en el ‘indietrismo’”.

A continuación, la homilía pronunciada por el Papa Francisco:

Jesús estaba en camino hacia Jerusalén y el Evangelio de hoy dice que junto con Él «iba un gran gentío» (Lc 14,25). Ir con Jesús significa seguirlo, es decir, ser sus discípulos. Sin embargo, a estas personas el Señor les hace un discurso poco atractivo y muy exigente: el que no lo ama más que a sus seres queridos, el que no carga con su cruz, el que no renuncia a todo lo que posee no puede ser su discípulo (cf. vv. 26-27.33). ¿Por qué Jesús dirige esas palabras a la multitud? ¿Cuál es el significado de sus advertencias? Intentemos responder a estas preguntas.

En primer lugar, vemos una muchedumbre numerosa, mucha gente que sigue a Jesús. Podemos imaginar que muchos habían quedado fascinados por sus palabras y asombrados por los gestos que realizó; y, por tanto, habían visto en Él una esperanza para su futuro.

¿Qué habría hecho cualquier maestro de aquella época, o -podemos preguntarnos- qué habría hecho un líder astuto al ver que sus palabras y su carisma atraían a las multitudes y aumentaban su popularidad? Sucede también hoy, especialmente en los momentos de crisis personal y social, cuando estamos más expuestos a sentimientos de rabia o tenemos miedo por algo que amenaza nuestro futuro, nos volvemos más vulnerables; y, así, dejándonos llevar por las emociones, nos ponemos en las manos de quien con destreza y astucia sabe manejar esa situación, aprovechando los miedos de la sociedad y prometiéndonos ser el “salvador” que resolverá los problemas, mientras en realidad lo que quiere es que su aceptación, su poder aumenten, su figura, su capacidad de tener las cosas en un puño.

El Evangelio nos dice que Jesús no actúa de ese modo. El estilo de Dios es distinto. Es importante entender cómo actúa Dios. El estilo de Dios es distinto porque Él no instrumentaliza nuestras necesidades, no usa nunca nuestras debilidades para engrandecerse a sí mismo. Él no quiere seducirnos con el engaño, no quiere distribuir alegrías baratas ni le interesan las mareas humanas. No profesa el culto a los números, no busca la aceptación, no es un idólatra del éxito personal. Al contrario, parece que le preocupa que la gente lo siga con euforia y entusiasmos fáciles. De esta manera, en vez de dejarse atraer por el encanto de la popularidad, porque la popularidad encanta, en vez de dejarse atraer por el encanto de la popularidad, pide que cada uno discierna con atención las motivaciones que le llevan a seguirlo y las consecuencias que eso implica.

Quizá muchos de esa multitud, en efecto, seguían a Jesús porque esperaban que fuera un jefe que los liberara de sus enemigos, alguien que conquistara el poder y lo repartiera con ellos; o bien, uno que, haciendo milagros, resolviera los problemas del hambre y las enfermedades. De hecho, se puede ir en pos del Señor por varias razones, y algunas, debemos reconocerlo, son mundanas.

Detrás de una perfecta apariencia religiosa se puede esconder la mera satisfacción de las propias necesidades, la búsqueda del prestigio personal, el deseo de tener una posición, de tener las cosas bajo control, el ansia de ocupar espacios y obtener privilegios, y la aspiración de recibir reconocimientos, entre otras cosas. Esto sucede hoy entre los cristianos. Pero este no es el estilo de Jesús. Y no puede ser el estilo del discípulo y de la Iglesia. Si alguno sigue a Jesús por intereses personales, se ha equivocado de camino.

El Señor pide otra actitud. Seguirlo no significa entrar en una corte o participar en un desfile triunfal, y tampoco recibir un seguro de vida. Al contrario, significa cargar la cruz (cf. Lc 14,27). Es decir, tomar como Él las propias cargas y las de los demás, hacer de la vida un don, gastarla imitando el amor generoso y misericordioso que Él tiene por nosotros. Se trata de decisiones que comprometen la totalidad de la existencia; por eso Jesús desea que el discípulo no anteponga nada a este amor, ni siquiera los afectos más entrañables y los bienes más grandes.

Pero para hacer esto es necesario mirarlo más a Él que a nosotros mismos, aprender a amar, obtener ese amor del Crucificado. Allí vemos el amor que se da hasta el extremo, sin medidas y sin límites. La medida del amor es amar sin medida.

Nosotros mismos -dijo el Papa Luciani- «somos objeto, por parte de Dios, de un amor que nunca decae» (Ángelus, 10 septiembre 1978). Que nunca decae, es decir, que no se eclipsa nunca en nuestra vida, que resplandece siempre sobre nosotros y que ilumina también las noches más oscuras.

Y entonces, mirando al Crucificado, estamos llamados a la altura de ese amor: a purificarnos de nuestras ideas distorsionadas sobre Dios y de nuestras cerrazones, a amarlo a Él y a los demás, en la Iglesia y en la sociedad, también a aquellos que no piensan como nosotros, e incluso a los enemigos.

Amar; aunque cueste la cruz del sacrificio, del silencio, de la incomprensión y de la soledad, aunque nos pongan obstáculos y seamos perseguidos. Porque -como dijo también Juan Pablo I- si quieres besar a Jesús crucificado «no puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona, que tiene la cabeza del Señor» (Audiencia General, 27 septiembre 1978).

El amor hasta el extremo, con todas sus espinas; no las cosas hechas a medias, las componendas o la vida tranquila. Si no apuntamos hacia lo alto, si no arriesgamos, si nos contentamos con una fe al agua de rosas, somos —dice Jesús— como el que quiere construir una torre, pero no calcula bien los medios para hacerlo; éste “pone los cimientos” y después “no puede terminar el trabajo” (cf. v. 29). Si, por miedo a perdernos, renunciamos a darnos, dejamos las cosas incompletas: las relaciones, el trabajo, las responsabilidades que se nos encomiendan, los sueños, y también la fe.

Y entonces acabamos por vivir a medias; y cuánta gente vive a medias, también nosotros, muchas veces tenemos la tentación de vivir a medias. Vivir sin dar nunca el paso decisivo, esto significa vivir a medias, sin despegar, sin apostar todo por el bien, sin comprometernos verdaderamente por los demás. Jesús nos pide esto: vive el Evangelio y vivirás la vida, no a medias sino hasta el extremo. Vive el Evangelio, vive la vida sin concesiones.

Hermanos, hermanas, el nuevo beato vivió de este modo: con la alegría del Evangelio, sin concesiones, amando hasta el extremo. Él encarnó la pobreza del discípulo, que no implica solo desprenderse de los bienes materiales, sino sobre todo vencer la tentación de poner el propio “yo” en el centro y buscar la propia gloria. Por el contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, fue un pastor apacible y humilde. Se consideraba a sí mismo como el polvo sobre el cual Dios se había dignado escribir (cf. A. Luciani/Juan Pablo I, Opera omnia, Padua 1988, vol. II, 11). Por eso, decía: «¡El Señor nos ha recomendado tanto que seamos humildes! Aun si han hecho cosas grandes, digan: siervos inútiles somos» (Audiencia General, 6 septiembre 1978).

Con su sonrisa, el Papa Luciani logró transmitir la bondad del Señor. Es hermosa una Iglesia con el rostro alegre, un rostro sereno y un rostro sonriente, que nunca cierra las puertas, que no endurece los corazones, que no se queja ni alberga resentimientos, que no está́ enfadada, una Iglesia no enfadada, ni es impaciente, que no se presenta de modo áspero ni sufre por la nostalgia del pasado, cayendo en el ‘indietrismo’.

Roguemos a este padre y hermano nuestro, pidámosle que nos obtenga “la sonrisa del alma”, aquella transparente, que no engaña, “la sonrisa del alma”; supliquemos, con sus palabras, aquello que él mismo solía pedir: «Señor, tómame como soy, con mis defectos, con mis faltas, pero hazme como tú me deseas» (Audiencia General, 13 septiembre 1978). Amén.



El Papa Francisco invita a imitar la humildad y la alegría del Beato Juan Pablo I
POR MERCEDES DE LA TORRE | ACI Prensa


Durante la beatificación de Juan Pablo I, el Papa Francisco destacó este domingo 4 de septiembre la humildad y la alegría de Albino Luciani y alentó a imitar su ejemplo para “vivir sin concesiones”, “no a medias”, a amar “hasta el extremo”.

El Santo Padre presidió el rito de la beatificación y pronunció la homilía, mientras que la Santa Misa fue presidida por el prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, el Cardenal Marcello Semeraro.

Durante la liturgia eucarística el Papa permaneció sentado a un costado del altar.

La Eucaristía fue concelebrada por el postulador de la causa, el Cardenal Beniamino Stella, el secretario de Estado Vaticano y presidente de la Fundación Vaticana Juan Pablo I, el Cardenal Pietro Parolin, y también por numerosos cardenales, obispos y sacerdotes.

La ceremonia se llevó a cabo en la plaza de San Pedro del Vaticano, en un clima lluvioso.

En su homilía, el Papa invitó a imitar a Jesús para “amar sin medida”, mirando al Crucificado para “purificarnos de nuestras ideas distorsionadas sobre Dios y de nuestras cerrazones, a amarlo a Él y a los demás, en la Iglesia y en la sociedad, también a aquellos que no piensan como nosotros, e incluso a los enemigos”.

“Amar; aunque cueste la cruz del sacrificio, del silencio, de la incomprensión y de la soledad, aunque nos pongan obstáculos y seamos perseguidos. Porque -como dijo también Juan Pablo I- si quieres besar a Jesús crucificado no puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona, que tiene la cabeza del Señor”, dijo el Papa.

En esta línea, el Santo Padre alentó a amar “hasta el extremo, con todas sus espinas; no las cosas hechas a medias, las componendas o la vida tranquila”.

“Si, por miedo a perdernos, renunciamos a darnos, dejamos las cosas incompletas: las relaciones, el trabajo, las responsabilidades que se nos encomiendan, los sueños, y también la fe”, advirtió.

“¡Cuánta gente vive a medias! También nosotros, muchas veces tenemos la tentación de vivir a medias. Vivir sin dar nunca el paso decisivo, esto significa vivir a medias, sin despegar, sin apostar todo por el bien, sin comprometernos verdaderamente por los demás. Jesús nos pide esto: vive el Evangelio y vivirás la vida, no a medias sino hasta el extremo. Vive el Evangelio, vive la vida sin concesiones”, invitó el Papa Francisco.

Por ello, el Papa invitó a imitar al nuevo beato Juan Pablo I porque “vivió de este modo: con la alegría del Evangelio, sin concesiones, amando hasta el extremo. Él encarnó la pobreza del discípulo, que no implica solo desprenderse de los bienes materiales, sino sobre todo vencer la tentación de poner el propio ‘yo’ en el centro y buscar la propia gloria” y añadió que “por el contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, fue un pastor apacible y humilde”.

“Con su sonrisa, el Papa Luciani logró transmitir la bondad del Señor. Es hermosa una Iglesia con el rostro alegre, un rostro sereno y un rostro sonriente, que nunca cierra las puertas, que no endurece los corazones, que no se queja ni alberga resentimientos, que no está́ enfadada, una Iglesia no enfadada, ni es impaciente, que no se presenta de modo áspero ni sufre por la nostalgia del pasado, cayendo en el ‘indietrismo’”, indicó el Papa.

De este modo, el Papa Francisco sugirió pedir “la sonrisa del alma” que es una sonrisa “transparente, que no engaña” y sugirió rezar con las palabras de Juan Pablo I “Señor, tómame como soy, con mis defectos, con mis faltas, pero hazme como tú me deseas”.

Antes de concluir la ceremonia, el Papa Francisco dedicó un particular saludo a las delegaciones oficiales presentes, encabezadas por el presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella y agradeció la presencia de los fieles procedentes de Venecia, Belluno y Vittorio Veneto, Diócesis en las que ejerció su ministerio sacerdotal y episcopal el Beato Albino Luciani.

Luego, el Santo Padre invocó su oración a la Virgen María “para que obtenga el don de la paz en todo el mundo, especialmente en la martirizada Ucrania”.

“Que Ella, la primera y perfecta discípula del Señor, nos ayude a seguir el ejemplo y la santidad de vida de Juan Pablo I”, rezó el Santo Padre.

Al finalizar la Misa, el Papa Francisco saludó en silla de ruedas a los cardenales presentes y recorrió en el papamóvil los pasillos de la plaza de San Pedro para saludar y bendecir a los miles de fieles presentes en el Vaticano.

 

FIESTA EN EL CIELO - PAPA FRANCISCO BEATIFICA A JUAN PABLO I - DOMINGO 4 DE SEPTIEMBRE DE 2022


 ¡Fiesta en el Cielo! Papa Francisco beatifica a Juan Pablo I

POR MERCEDES DE LA TORRE | ACI Prensa


El Papa Francisco beatificó este domingo 4 de septiembre a su predecesor Juan Pablo I conocido como “el Papa de la sonrisa”.

La ceremonia se llevó a cabo bajo la lluvia en la plaza de San Pedro del Vaticano ante miles de personas procedentes de diferentes partes del mundo.

Como es tradición, el rito de la Beatificación se llevó a cabo al inicio de la Santa Misa.

El obispo de Belluno – Feltre, Mons. Renato Marangoni, junto al postulador de la causa, el Cardenal Beniamino Stella, solicitaron al Santo Padre beatificar al Siervo de Dios Juan Pablo I.

Después, el Cardenal Stella leyó una breve biografía de Albino Luciani acompañado por la vice postuladora, Stefania Falasca.

Al terminar la lectura de los datos biográficos, el Papa Francisco declaró Beato a Juan Pablo I.

Luego, se descubrió un gran retrato del nuevo beato colocado en la fachada de la Basílica de San Pedro, mientras que se los presentes aplaudían y el coro entonaba el Aleluya.

Finalmente, el Papa Francisco recibió una reliquia de Juan Pablo I que fue colocada a un lado del Altar. Se trató de un escrito autógrafo de Albino Luciani de 1956 con “un esquema de reflexión espiritual sobre las tres virtudes teologales -la fe, la esperanza y la caridad- que recuerda el Magisterio de las Audiencias Generales del 13, 20 y 27 de septiembre de 1978”, describió la postulación de la causa.

La reliquia fue entregada al Papa por familiares de Albino Luciani, por dos religiosas que vivieron con él durante su breve Pontificado y por el sacerdote argentino José Dabusti, testigo del milagro que ocurrió en Buenos Aires por la intercesión de Juan Pablo I.


Breve biografía

Albino Luciani nació el 17 de octubre de 1912 en la localidad de Canale d’Agordo en Italia. Lo bautizó ese mismo día una señora de nombre Maria Fiocco, ante “el inminente peligro para su vida”, como señala la página web del Vaticano.

El pontificado de Juan Pablo I comenzó el 3 de septiembre de 1978, y duró tan solo 33 días, uno de los más breves en la historia de la Iglesia. Falleció el 28 de septiembre de 1978 en el Palacio Apostólico del Vaticano.

Juan Pablo I, conocido como el Papa de la sonrisa, fue elegido sucesor de San Pablo VI el 26 de agosto de 1978.

Su nombre reúne los de sus dos predecesores inmediatos. Fue Juan por San Juan XXIII, y Pablo por San Pablo VI; como una forma de homenajear a ambos pontífices que lideraron el Concilio Vaticano II, el evento más importante de la Iglesia en el siglo XX.

Ingresó al seminario menor de Feltre (Italia) en octubre de 1923 y en octubre de 1928 pasó al seminario gregoriano de Belluno.

Fue ordenado sacerdote el 7 de julio de 1935, con solo 22 años. Estudió en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde realizó la tesis “El origen del alma humana según Antonio Rosmini”.

El 15 de diciembre de 1958 San Juan XXIII lo designó Obispo de Vittorio Veneto, recibiendo la consagración episcopal el 27 de diciembre de manos del mismo Pontífice en la Basílica de San Pedro.

El 1 de febrero de 1970, luego de haber participado en las sesiones del Concilio Vaticano II, San Pablo VI lo designó Patriarca de Venecia. Tres años después, el 5 de marzo de 1973, fue creado cardenal.

Participó en el primer cónclave de 1978 en el que resultó elegido el 26 de agosto. 33 días después, el 28 de septiembre, falleció a causa de un infarto en el Palacio Apostólico del Vaticano.

Sus restos mortales fueron sepultados en las Grutas Vaticanas el 4 de octubre de 1978. La causa de canonización se abrió en la diócesis de Belluno-Feltre el 23 de noviembre de 2003 y se concluyó el 9 de noviembre de 2017 con el decreto de proclamación de las virtudes heroicas.

El 13 de octubre de 2021 fue publicado el decreto con el que el Papa Francisco reconoció el milagro atribuido a la intercesión de Juan Pablo I en favor de una niña de la Arquidiócesis de Buenos Aires que estaba a punto de morir por una enfermedad cerebral. 

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