lunes, 6 de julio de 2020

SACERDOTE RELATA SU EXPERIENCIA SIRVIENDO A ENFERMOS POR COVID 19


Sacerdote relata su experiencia sirviendo a enfermos por COVID-19
Redacción ACI Prensa
 Crédito: ACN.




Un sacerdote polaco, admirador de Santa Teresa de Calcuta, relata su experiencia llevando salud corporal y espiritual a los pacientes con COVID-19 en un hospital de Ucrania.

El P. Grzegorz Draus es un sacerdote católico de Lublin (Polonia), que desde hace nueve años ejerce su ministerio en la ciudad de Lviv o Leópolis (Ucrania), y que hoy tiene la especial misión de cuidar el cuerpo y el alma de los pacientes con COVID-19 de un hospital local.

A la fecha, la ciudad de Leópolis, uno de los centros culturales, científicos e industriales más importantes del país, registra más de tres mil fallecidos, 700 internados y casi 100 fallecidos por el nuevo coronavirus.

“Desafortunadamente debido a otros trabajos parroquiales, me es imposible visitarlos con más frecuencia”, dijo el P. Draus a la fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) y explicó que por la necesidad de realizar otras labores en la parroquia, visita el hospital solo dos días a la semana.

En cada visita, el P. Draus ingresa vestido con 14 elementos de protección como los médicos, enfermeras y personal sanitario, pero se distingue de ellos por la estola que porta en el cuello, que si bien antes pasaba inadvertida por lo habitual, hoy simboliza, con toda su fuerza, la vocación del sacerdote.


“Estoy ocho horas dentro de este ‘uniforme’ que se compone de 14 partes diferentes. Cuando voy de una unidad del hospital a otra, debo cambiar parte del equipamiento y desinfectarme con un líquido especial”, dijo el sacerdote a ACN.

Debido al alto riesgo de contagio, el sacerdote toma con responsabilidad su propio cuidado en cada visita y felizmente hasta la fecha no ha contraído el virus. “En otros hospitales, hay muchos contagios también entre los médicos porque no tienen tantas medidas. Pero no se puede bajar la guardia, la enfermedad está en todas partes. Me hice la prueba dos veces y gracias a Dios: estoy sano”.

El P. Draus también señaló su admiración por el trabajo de las enfermeras, pues ha podido experimentar la gran dificultad de realizar su servicio cuando utiliza el traje de protección del virus.

“Para mí, lo más difícil es trabajar a pesar de la humedad y el sudor porque se empaña todo y casi no se ve nada. No puedo imaginar cómo trabajan las enfermeras en tales condiciones, no es fácil. Sin embargo, tienen que hacer su trabajo, como por ejemplo, poner inyecciones”, dijo.

El sacerdote dijo que en cada servicio, visita a los enfermos en sus habitaciones, les da la bendición, conversa con ellos, les habla sobre el amor de Dios y trata de darles buenas noticias; pero también confiesa lo complicado que sería para él padecer la enfermedad.

“Yo no estoy enfermo de COVID, Dios sabe que sería demasiado difícil para mí. Los enfermos tienen una fe fuerte”, dijo. Además del sufrimiento físico, “lo más difícil son las consecuencias y los problemas que conlleva y afectan a los demás: hospitalización, aislamiento. Algunos pueden sentirse culpables”, añadió.

Algo que el P. Draus le recuerda a los pacientes que visita es que Cristo sufrió los mismos síntomas que ellos sufren: “Dificultades para respirar” y que “Jesucristo está muy unido a ellos en la cruz”. Además, para fortalecer su alma, los confiesa y les distribuye la sagrada Comunión.

Debido a las regulaciones sanitarias en el hospital, no es posible consumir las hostias consagradas que no se lleguen a brindar, ni tampoco es posible guardarlas o conservarlas en ningún sitio; sin embargo, el sacerdote no ha tenido que afrontar esta situación.


“Todos los días vivo un pequeño milagro, la cantidad de personas que participan en la comunión es igual a la cantidad de hostias que traigo conmigo”, dijo el P. Draus.

Para el P. Draus, llevar su ministerio de esta forma antes habría sido impensable, pero siempre tuvo claro que seguir su vocación sacerdotal sería una “actividad fascinante”.

El sacerdote contó que cuando era un joven adolescente le dijo a su amigo “que quería sacrificarse para servir a los pobres”, pero él le respondió que Dios no necesita su sacrificio, sino su amor. Ahora, en sus casi 25 años como sacerdote, no lamenta “ni un solo día” su ordenación y afirma que su único deseo es seguir el ejemplo de Santa Teresa de Calcuta.

La santa servía a los pobres y a los necesitados y “solo dormía 4 o 5 horas porque estaba llena de ardor en su actividad: ella amaba lo que hacía. Yo también quiero amar lo que hago de esa manera, hasta el final”, afirmó el sacerdote polaco.

ACN apoya la misión de sacerdotes que cuidan de los más necesitados de la pandemia. Por ello, enviará equipos de protección personal como máscaras, guantes, antisépticos y otros, a 3.478 sacerdotes, 92 seminaristas y mil miembros de comunidades religiosas para que puedan protegerse en su servicio y evitar la expansión del coronavirus.

EL DÍA EN QUE SANTA TERESA DE ÁVILA VENCIÓ AL DEMONIO CON EL PODER DEL AGUA BENDITA


El día en que Santa Teresa de Ávila venció al demonio con el poder del agua bendita
Redacción ACI Prensa
 Crédito: Wikimedia Commons



Santa Teresa de Ávila fue una religiosa, mística y Doctora de la Iglesia del siglo XVI que en sus memorias relató “que no hay nada como el agua bendita para hacer huir a los demonios y evitar que regresen”.

Lo que no es tan conocido son las experiencias que la llevaron a esa conclusión, que ella describe en su autobiografía “El libro de la vida”.

“Estaba una vez en un oratorio, y se me apareció hacia el lado izquierdo, una abominable figura; le miré especialmente la boca, porque me habló, y la tenía espantosa. Parecía que le salía una gran llama del cuerpo, que estaba toda clara, sin sombra. Me dijo espantosamente que bien me había librado de sus manos, mas que él me tornaría a ellas”, reveló la santa al inicio del capítulo 31 de su obra.

Entonces, asustada, trató de espantarlo con el signo de la cruz. El demonio la abandonó, pero regresó rápidamente. Esto sucedió varias veces hasta que recordó que había agua bendita cerca: “Dos veces me sucedió esto. Yo no sabía qué hacer. Tenía allí agua bendita y lo eché a aquella parte, y nunca más retornó”.

En otro momento, Santa Teresa contó que el demonio estuvo cinco horas atormentándola “con tan terribles dolores y desasosiego interior y exterior, que no sabía si podía soportar más. Las que estaban conmigo estaban espantadas y no sabían qué hacer ni yo cómo valerme”.

La santa admitió que solo encontró alivio después de pedir agua bendita y arrojarla al lugar donde vio a un demonio cerca. Es en la explicación de este hecho que se da a conocer su cita más famosa.

“Tras muchas ocasiones, tengo la experiencia de que no hay nada como el agua bendita para hacer huir a los demonios y evitar que regresen. De la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita”, señaló.

Más tarde, aseguró que conoció la consolación del alma luego de tomar el agua, que le generó “como un deleite interior” que la confortaba.

“Esto no es un antojo, ni cosa que me ha acaecido sola una vez, sino muchas, y he mirado con gran advertencia. Digamos, es como si uno tuviese mucho calor y sed, y luego bebiese un jarro de agua fría, y sintiera un gran alivio. Considero que es una gran cosa todo lo que está ordenado por la Iglesia, y me conforta mucho ver que tengan tanta fuerza aquellas palabras, que así se pongan en el agua, para que sea tan grande la diferencia con lo que no es bendito”, continuó.

Santa Teresa de Ávila cuenta muchas otras historias sobre el poder del agua bendita en el resto del capítulo.

Puede leerlas AQUÍ.

RECUERDAN 70 AÑOS DE SU CANONIZACIÓN DE SANTA MARÍA GORETTI


Santa María Goretti: Recuerdan 70 años de su canonización
POR MERCEDES DE LA TORRE | ACI Prensa
 Foto: Martha Calderón / ACI Prensa




Un día como hoy fue martirizada Santa María Goretti, la santa italiana conocida como la “mártir de la pureza” porque con tan solo once años fue apuñalada por resistirse a una violación y, antes de morir, perdonó a su asesino. Y en este 2020 se cumplen 70 años de su canonización.

Por este motivo, en diferentes lugares será recordada especialmente en este día en que la Iglesia universal celebra su memoria litúrgica. 

Tal es el caso de la basílica donde se encuentran las reliquias del cuerpo de la santa, la Basílica de Nuestra Señora de la Gracia y Santa María Goretti localizada en Nettuno, a 50 km de Roma, lugar en donde se celebrará una solemne Eucaristía que será presidida por el Cardenal Giuseppe Petrocchi, arzobispo de L’Aquila.

“La pequeña santa nos recuerda siempre que la vida es un don que no debe desperdiciarse, es una experiencia única a la que dar un significado profundo, es una oportunidad para que la redención sea recibida, para uno mismo y para los demás” indicó el rector del Santuario, el P. Giuseppe Bartera.

En declaraciones al diario de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI) Avvenire, el religioso pasionista añadió que “en un año tan particularmente probado por la emergencia sanitaria que afecta a todo el mundo y por la crisis económica y social que producirá, le pedimos a ‘Marietta’ que nos apoye con su ejemplo de fe tenaz, que nos acompañe en las decisiones diarias con la luz que procede de su pureza de intención y con la fuerza de su determinación”.

El Santuario de Nuestra Señora de Gracia en Nettuno conserva los restos de Santa María Goretti desde 1929. 

La Basílica es custodiada por los padres pasionistas desde 1888, es un lugar de devoción dedicado en el piso superior a la Virgen y a dos santos: Sebastián y Roque y en la parte inferior se localiza la cripta que contiene las reliquias del cuerpo de la santa en donde los peregrinos pueden rezar ante los restos mortales.


Breves datos biográficos

María nació en 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona, Italia. Fue hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, siendo la tercera de siete hijos. Al día siguiente de su nacimiento fue bautizada y consagrada a la Virgen.

Su familia era pobre de bienes terrenales, pero rica en fe y virtudes que se cultivaban con la oración en común, el rezo diario del Santo Rosario, la comunión y Misa dominical.

Cuando sólo tenía 11 años, fue apuñalada por Alessandro Serenelli al resistirse a ser violada. Fue llevada al hospital y antes de morir alcanzó a recibir la comunión y la Unción de los enfermos. Partió a la casa del Padre el 6 de julio de 1902.

Cuando Alessandro salió de la cárcel, fue a buscar a la madre de María, quien lo perdonó.

Canonizada hace 70 años 
El Papa Pío XII la declaró santa el sábado 24 de junio de 1950. En la homilía de la canonización el Santo Padre destacó que “no todos estamos llamados a sufrir el martirio, pero sí estamos todos llamados a la consecución (acción y efecto de conseguir) de la virtud cristiana”.

En esta línea, Pío XII explicó que “esta virtud requiere una fortaleza que, aunque no llegue a igualar el grado cumbre de esta angelical doncella, exige, no obstante, un largo, diligentísimo e ininterrumpido esfuerzo, que no terminará sino con nuestra vida. Por esto, semejante esfuerzo puede equipararse a un lento y continuado martirio, al que nos amonestan aquellas palabras de Jesucristo: El reino de los cielos se abre paso a viva fuerza, y los que pugnan por entrar lo arrebatan”.

Asimismo, san Juan Pablo II en 2003 resaltó que “Marietta, como era llamada familiarmente, recuerda a la juventud del tercer milenio que la auténtica felicidad exige valentía y espíritu de sacrificio, rechazo de todo compromiso con el mal y disponibilidad para pagar con el propio sacrificio, incluso con la muerte, la fidelidad a Dios y a sus mandamientos”.

“Hoy se exalta con frecuencia el placer, el egoísmo, o incluso la inmoralidad, en nombre de falsos ideales de libertad y felicidad. Es necesario reafirmar con claridad que la pureza del corazón y del cuerpo debe ser defendida, pues la castidad ‘custodia’ el amor auténtico”, indicó entonces san Juan Pablo II.

Por su parte, el Papa Francisco señaló que “la memoria y vida de María Goretti debe animar a comprometerte contigo mismo y ser testigo del perdón”. 

Así lo indicó el Santo Padre al escribir en 2016 una carta con ocasión de la fiesta de esta santa italiana a Mons. Mariano Crociata, Obispo de Latina-Terracina-Sezze-Priverno, y a Mons. Marcello Semeraro, Obispo de Albano, las diócesis de las regiones en las que María Goretti vivió.

Tras elogiar la capacidad de María Goretti de perdonar a su agresor, el Papa Francisco citó la bula de convocación para el Año de la Misericordia (2015) en la que se lee: “¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón”.

Además, el Santo Padre destacó “la intensidad del amor por Jesús Eucaristía de María Goretti” que la llevó a tener la fuerza para tomar aquella “decisión fundamental de su corta existencia”, refiriéndose a su martirio.

Por último, en tal misiva, el Papa Francisco comparó las tribulaciones de la familia Goretti con las que se enfrentan también otras familias hoy en día, tales como la pobreza y la migración forzada.

“La pobreza y la necesidad urgente de trabajar empujaron a los Goretti a emigrar de la localidad de Corinaldo (Italia)”, dijo el Papa quien concluyó “es una situación que nos hace sentir más cerca a esta jovencita”.

SANTORAL DE HOY LUNES 6 DE JULIO DE 2020

Pedro Wang Zuolong, SantoPedro Wang Zuolong, Santo
Martir Laico, 6 de julio
Susana Ágata (María Rosa) Deloye, BeataSusana Ágata (María Rosa) Deloye, Beata
Virgen y Mártir, 6 de julio
Agustín José Desgardin, BeatoAgustín José Desgardin, Beato
Monje y Mártir, 6 de julio
Tomás Alfield, BeatoTomás Alfield, Beato
Presbítero y Mártir, 6 de julio
Paladio de Escocia, SantoPaladio de Escocia, Santo
Obispo, 6 de julio
Ciriaca o Dominica, SantaCiriaca o Dominica, Santa
Virgen y Mártir, 6 de julio
Rómulo de Fiésole, SantoRómulo de Fiésole, Santo
Díacono y Mártir. 6 de julio
Sísoes el Magno, SantoSísoes el Magno, Santo
Eremita, 6 de julio
Goar, SantoGoar, Santo
Presbítero, 6 de julio
María Teresa Ledóchowska, BeataMaría Teresa Ledóchowska, Beata
Fundadora, 6 de julio
María Goretti, SantaMaría Goretti, Santa
Memoria Litúrgica. 6 de julio
Nazaria Ignacia March Mesa,  SantaNazaria Ignacia March Mesa, Santa
Virgen y Fundadora, 6 de julio

¡FELIZ SEMANA!





domingo, 5 de julio de 2020

EL PADRENUESTRO, LA ORACIÓN QUE NOS ENSEÑÓ JESÚS



El Padrenuestro, la oración que nos enseñó Jesús
Explicaciòn del Padre Nuestro. Cardenal Norberto Rivera.


Por: Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net




Primera Parte del Padrenuestro

Vosotros, pues, orad así: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal”. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas (Mateo 6, 9-15).

El Padrenuestro es la oración que nos enseñó Jesucristo y es, seguramente, una de las primeras oraciones que aprendimos de memoria. Es una invitación a orar con sencillez, desde lo más profundo del corazón, sin falsos pietismos ni apariencias buscadas. Es una oración llena de autenticidad donde se reconoce la grandeza de Dios y las propias debilidades. En este año de preparación del jubileo del año 2000, dedicado precisamente a la persona divina del Padre, resulta muy útil volver a meditar en el Padrenuestro, esta oración que frecuentemente decimos de memoria, pero sin pensar muchas veces en los profundos contenidos que encierra.

A primera vista se perciben dos partes bien diferenciadas en el Padrenuestro:
una donde predomina la alabanza y la petición referida a lo que podríamos llamar “los intereses de Dios”,
y una segunda que comienza con la petición del pan y presenta peticiones más dirigidas a nuestras necesidades.
El Catecismo de la Iglesia Católica explica a fondo esta maravillosa oración nacida de los labios de Jesucristo. Le dedica los números 2777 a 2865 y ofrece un contenido muy rico que nos puede ser muy útil si queremos profundizar en lo que decimos cuando hacemos esta oración que comien-za con una interpelación a la caridad: “Padre nuestro”. Padre nuestro quiere decir padre de todos; quiere decir que todos somos hermanos y que nuestro destino en la vida no es indiferente a los demás como tampoco tiene que serlo a nosotros el de ellos. El Padrenuestro comienza con la afirmación de la comunión de los hijos y el reconocimiento de la insondable grandeza de un Padre amoroso que no podemos ver porque mora más allá del alcance de nuestros sentidos (“en el Cielo”). En esta carta vamos a reflexionar juntos sobre la primera parte de esta oración.

“Padre”. Sería un verdadero atrevimiento llamar “Padre” a Dios si no hubiera sido porque el Hijo nos invitó a hacerlo. A sus contemporáneos esto les parecía algo blasfemo porque significaba hacerse igual a Dios (Cf Juan 5, 18), pero es que el Hijo realmente era Dios y hombre a la vez. Desde entonces, hemos dejado de preocuparnos por el nombre de Dios porque tenemos la seguridad de poder llamarle “Padre”. Padre significa amor, preocupación por los hijos, entrega generosa a ellos. Aquí nos traiciona nuestra inteligencia. Cuando pensamos en Dios como Padre, le atribuimos generalmente las mejores cualidades que podemos encontrar en un padre humano. No caemos en la cuenta de que Dios las supera infinitamente. La inteligencia funciona así, adapta todo a nuestra medida. Por eso no resulta fácil llegar al conocimiento del Padre sólo con la inteligencia; hace falta echar mano del amor. El amor tiene un dinamismo diferente, se “hace” a la persona amada, se identifica con ella. Produce un conocimiento más intuitivo, seguramente menos científico, pero más profundo y experimental. El amor lleva a gustar a ese Padre en la entrega confiada a Él, en la valoración interna de sus gestos de amor por el hombre, de la creación, de la salvación, de la redención.

“Nuestro” significa posesión: Dios nos pertenece, se ha hecho a nosotros, es nuestro Creador. Pero también implica una confianza en Él. Es Padre nuestro porque se ha entregado a nosotros. Es Padre nuestro porque constituye nuestro premio futuro, la salvación eterna cuando lo “veremos cara a cara” (Cf I Corintios 13, 12). Es nuestro porque es de todos. Es nuestro porque nos entrega a su Hijo como hermano que muere por amor para redimirnos de nuestros pecados. Padre nuestro; estas dos primeras palabras tocan profundamente el corazón elevándolo hacia el sentimiento de la filiación divina de todos y cada uno, y hacia la fraternidad de todos los hijos del mismo Dios. Santa Teresa de Jesús dedica unas frases maravillosas a la explicación del “Padrenuestro”. Allí encontramos unas reflexiones muy valiosas sobre estas primeras palabras en las que la Santa Doctora se dirige a Jesucristo -el texto se ha retocado acomodando el lenguaje-: ¡Oh Hijo de Dios y Señor mío!, ¿cómo das tanto junto desde la primera palabra? Ya que te humillas a Ti mismo tanto que te juntas con nosotros al pedir y hacerte hermano de cosa tan baja y miserable, ¿cómo nos das en nombre de tu Padre todo lo que se puede dar, pues quieres que nos tenga por hijos, y cuando das tu palabra, nunca falla? Le obligas a que la cumpla, que no es pequeña carga, pues siendo Padre nos ha de sufrir por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a El, como al hijo pródigo nos tiene que perdonar, nos tiene que consolar en nuestros trabajos, nos tiene que sustentar como lo haría un tal Padre, que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en Él no puede haber sino todo bien cumplido, y después de todo esto hacernos participantes y herederos contigo (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, capítulo 27). El hecho de que Jesucristo nos haya enseñado esta oración lo ve Santa Teresa como un compromiso que Él toma compartiendo con nosotros su filiación divina. Es como el niño que le pide a su padre que adopte a un amigo suyo. El Padre nos adopta como hijos por haber sido adoptados como hermanos por Jesucristo. Santa Teresa le reprocha a Jesús que ha comprometido a su Padre con hijos que serán muy desagra-decidos con Él. Una oración que comienza con semejante regalo, no puede pedir después cosas malas para nosotros.

“Que estás en el cielo”. Cuando decimos esta frase, no estamos hablando de un dios de la naturaleza que mora en el espacio celeste. Cielo no significa un lugar, no significa espacio y tiempo. Tampoco significa que Dios se aparta de nosotros y se mantiene alejado. El Cielo significa el más allá donde nos espera la posesión absoluta de Dios. Significa la imposibilidad del hombre para poseerlo completamente desde esta vida en una relación directa si no es por un don suyo. Significa que está más allá de todos nuestros pensamientos sobre Él. Fray Luis de León ha comparado el cielo con la misericordia de Dios en su libro “De los nombres de Cristo”. Así, dirigiéndose a Dios, le dice: Cuan lejos de la tierra está el cielo, tan alto se encumbra la piedad que usas con los que por suyo te tienen. Ellos son tierra baja, mas tu misericordia es el cielo. Ellos esperan como tierra seca su bien, y ella llueve sobre ellos sus bienes. Ellos, como tierra, son viles; ella, como cosa del cielo, es divina. Ellos perecen como hechos de polvo; ella, como el cielo, es eterna. A ellos, que están en la tierra, los cubren y los obscurecen las nieblas; ella, que es rayo celestial, luce y resplandece por todo. En nosotros se inclina lo pesado como en el centro; mas su virtud celestial nos libra de mil pesadumbres. “Cuanto se extiende la tierra y se aparta el nacimiento del sol de su poniente, tanto alejaste de los hombres sus culpas” (Fray Luis de León, De los nombres de Cristo, libro III, Jesús). La misericordia nos viene del cielo, el lugar donde habita la misericordia. Es eterna y divina. La misericordia es el mismo Dios que se define como amor.

“Santificado sea tu nombre”. Con esta frase comienzan las siete peticiones del Padrenuestro, y dentro de ellas, la serie de tres que se refieren a Dios usando el “tu”: “tu nombre”, “tu reino”, “tu voluntad”. En la primera carta ya hemos reflexionado sobre lo que significa este “nombre” de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica muy bien el contenido de esta petición: El término "santificar" debe entenderse aquí, en primer lugar, no en su sentido causativo (sólo Dios santifica, hace santo), sino sobre todo en un sentido estimativo; reconocer como santo, tratar de una manera santa. Así es como, en la adoración, esta invocación se entiende a veces como una alabanza y una acción de gracias (Cf Salmo 111, 9; Lucas 1, 49). Pero esta petición es enseñada por Jesús como algo a desear profundamente y como proyecto en que Dios y el hombre se comprometen. Desde la primera petición a nuestro Padre, estamos sumergidos en el misterio íntimo de su Divinidad y en el drama de la salvación de nuestra humanidad. Pedirle que su Nombre sea santificado nos implica en "el benévolo designio que él se propuso de antemano" (Cf Efesios 1, 9) para que noso-tros seamos "santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (Cf Efesios 1, 4) (Catecismo de la Iglesia Católica 2807). Sólo Dios santifica pues sólo Él es santo y sólo Él puede comunicar su santidad. La santidad era el atributo por excelencia de Dios, que los israelitas consideraban el “Santísimo” (kadós, kadós, kadós: el muy santo -el superlativo absoluto se construía con la triple repetición del adjetivo-). La santidad es propiedad sólo de Dios que la transmite a los que ama. La santidad es presencia de Dios. Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro (Cf Éxodo 3, 5-6) delante de la Santidad Divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: "¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!" (Isaías 6, 5). Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro exclama: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador" (Lucas 5, 8). Pero porque Dios es santo, puede perdonar al hombre que se descubre pecador delante de él: "No ejecutaré el ardor de mi cólera... porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo el Santo" (Oseas 11, 9). El apóstol Juan dirá igualmente: "Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo" (I Juan 3, 19-20) (Catecismo de la Iglesia Católica 208). Esta santidad de Dios es garantía de la fidelidad de su amor y de su perdón continuo que no busca revanchas porque ama a los hombres y quiere que todos se salven, y esta santidad es también signo de lo que será su justicia absoluta en el respeto a la libertad del hombre y sus consecuencias. Jesucristo es el que manifiesta el nombre de Dios: Dios es Padre. El Espíritu Santo nos pone en relación con ese Padre llevándonos a llamarle “Abbá” (Cf Romanos 8, 15; Gálatas 4, 6) como Cristo lo llamaba (Cf Marcos 14, 36). Y Jesús recibe el nombre que está sobre todo nombre (Cf Filipenses 2, 9-11) con lo que se afirma la divinidad de Jesucristo que se hizo hombre.

“Venga a nosotros tu reino”. La espera del Reino de Dios nos puede llenar muchas veces de impaciencia, quisiéramos que ya estuviera presente en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestras sociedades. Deseamos que venga ese reino de paz y justicia (Cf Romanos 14, 17), pero ese reino sufre violencia y los violentos lo arrebatan (Cf Mateo 11, 12). Hay que esforzarse por sumarse a ese Reino (Lucas 16, 16) que está ya muy cerca, que está dentro de nosotros (Lucas 17, 21). Sólo en ese reino encuentra el hombre su felicidad, la realización del ideal para el que fue creado por Dios. Es un reino que tenemos que anunciar porque Dios nos lo ha confiado a nosotros y sólo se va a extender con nuestro testimonio unido a la acción del Espíritu Santo. Es un Reino que se basa en lo que Jesucristo nos reveló y que se construye con nuestra respuesta generosa en la conversión y en la fe (Cf Mateo 4, 17; Marcos 1, 15). El pecado nos aleja de él y nos cierra la entrada (Cf Gálatas 5, 19-21; I Corintios 6, 9-10; Efesios 5, 3-5). Toda la vida pública de Cristo fue una predicación del Reino de Dios anuncia-do a todos los hombres. El Reino de Dios representa la victoria absoluta sobre el mal que será derrotado para siempre (Cf Mateo 12, 26-28) y se inicia con la Iglesia dirigida por el Papa, Vicario de Cristo, que ha recibido las llaves del Reino (Mateo 16, 19). El Reino de Dios se alcanza con la vivencia de las bienaventuranzas (Cf Mateo 5, 1-12; Lucas 6, 20-26). Encontrarás una mejor explicación de lo que significa el Reino de Dios en los números 541 a 556 del Catecismo de la Iglesia Católica.

“Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. La voluntad de Dios sobre el hombre, sobre cada hombre, es que se salve y goce eternamente de Él (Cf I Timoteo 2, 3-4). Todo en la vida de Cristo va orientado a conseguir este fin, su vida sobre la tierra tiene sentido sólo como redención del género humano. Lo que es un plan de Dios para el hombre en el cielo tiene un inicio en la tierra. La respuesta a la voluntad de Dios sobre la tierra, expresada en el mandamiento del amor, se prolonga en el amor perfecto de la vida eterna, en el cielo. Hacer la voluntad de Dios sobre la tierra es amar a Dios sobre todas las cosas: Únicamente preocupados de guardar el mandato y la ley que os dio Moisés, siervo de Yahvéh: que améis a Yahvéh vuestro Dios, que sigáis siempre sus caminos, que guardéis sus mandamientos y os mantengáis unidos a Él y le sirváis con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma (Josué 22, 5); y al prójimo como Cristo nos amó: Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (Juan 15, 12) (Cf Juan 13, 34; 15, 17). El mundo es un lugar de paso que no puede ser objeto final de nuestro amor (Cf I Juan 2, 15), pero muchas veces nos distrae en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Amamos al ser humano que vive en el mundo, pero reconocemos desde la fe que este ser humano está llamado a una vida más plena. Vivir el mandamiento del amor es adelantar la salvación eterna. Cuando rezamos el Padrenuestro le pedimos a Dios que se viva el mandamiento del amor sobre la tierra y que se realice la salvación eterna de todos los hombres.

Segunda Parte del Padrenuestro

Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos”. El les dijo: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación” (Lucas 11, 1-4).

En la actual situación de nuestro país, esta oración se hace más acuciante, más sentida. Dios sabe lo que nos hace falta ese pan cotidiano como sabe también cuánto necesitamos perdonarnos entre nosotros para poder implorar su perdón. Muchos de nuestros hermanos pasan hambre y viven en condiciones inhumanas. Somos más frágiles que nunca ante cualquier conflicto y más propensos al odio. Vivimos quizá demasiado encerrados en nosotros mismos y en nuestros problemas como para construir un nuevo modelo de nación donde reine la auténtica solidaridad y se den las necesarias posibilidades de desarrollo para todos. Nos resulta imprescindible el apoyo de Dios para no caer en las tentaciones y permanecer siempre libres del mal.

Esta segunda parte del Padrenuestro con sus cuatro peticiones, las peticiones del “nos”, frente a las tres anteriores del “tu”, nos muestran lo que debemos pedir para nosotros, para mejorar nuestra vida personal y la vida de las sociedades humanas.

“Danos hoy nuestro pan de cada día”. Esta petición toca uno de los grandes problemas del hombre desde que mora sobre la tierra, el problema de la repartición de un pan entre muchos. Dios hizo el mundo con los suficientes recursos para alimentar a todos y creó al hombre con la suficiente inteligencia y capacidad para generar más pan, no sólo para repartir el que ya había. Pero el ser humano, desde el inicio de su paso por este mundo, quiso acaparar para sí más de lo que podía disfrutar, quiso emplear esos dones de Dios para adquirir poder o subyugar a los demás. La historia ha sido testigo de muchos intentos del hombre para remediar esto. El marxismo se presentaba como la panacea para solucionar estas continuas tensiones entre el hombre y el dominio de la creación, pero se quedó en un proyecto que supeditaba todo (hombres y productos de la tierra) a los intereses del estado y coartaba la libertad del ser humano, querida por Dios como un don maravilloso para que el hombre pudiera llegar hasta Él. El capitalismo, sistema más basado en la naturaleza del hombre, no ha sido capaz todavía de eliminar la pobreza que sufren muchos hombres. Los grupos de poder que controlan los mercados actúan con intereses egoístas, y el capital no parece emplearse en proyectos que ayuden a la superación de los rezagos sociales. Quizá por ello, en este momento de nuestra historia, esta petición de “danos hoy nuestro pan de cada día” se hace más angustiosa, más dolorosa. En medio de este dolor ante el hambre que padecen millones de seres humanos, no podemos perder la confianza en Dios ni renunciar a nuestra propia responsabilidad para remediar las cosas. Jesucristo nos enseñó a pedir al Padre con la certeza de que todo nos lo dará “En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado” (Juan 16, 23-24). Por eso repetimos con fe el Padrenuestro. Sabemos que la solución al problema vendrá de Dios que tocará los corazones de los hombres. Dios siempre actúa a través de medios humanos. Él es un Padre que ama a sus hijos y hace salir el sol sobre buenos y malos (Mateo 5, 45). No puede permanecer indiferente ante este drama humano. Pedimos con un “nuestro” en solidaridad con aquellos que no tienen, acercándonos a sus necesidades y a sus sufrimientos, conscientes de que somos hijos del mismo Padre. Los números 2830 y 2831 del Catecismo de la Iglesia Católica pueden servir de materia para reflexionar a fondo sobre este tema.

Pero hay otro pan que necesita el hombre de hoy. La Madre Teresa de Calcuta lo señalaba en su testamento espiritual. Hay un hambre física que sacude al mundo, pero hay otro tipo de hambre que se ve menos y, sin embargo, afecta más gravemen-te a nuestros semejantes: el hambre de amor. El ser humano necesita, hoy más que nunca, saber que tiene un Padre que le ama y sentirse amado de sus hermanos. Si la petición que nos enseñó Jesucristo se refiere al “hoy”, no hay que olvidar que en ese “hoy” encontramos este drama humano de hombres y mujeres que viven solos, olvidados de todos y esperando su muerte. Cuando oigo debates sobre la eutanasia y constato el ansia de morir de muchos enfermos, descubro detrás esta angustia que nace de no sentirse amados. Los cristianos tenemos que repartir este pan del amor de Cristo a los hombres de hoy, un amor real de entrega, comenzando por los más próximos, por nuestra familia, por nuestros padres, por nuestro cónyuge, por nuestros hijos, por nuestros abuelos. Nuestra fe, nuestra certeza del amor de Dios, no puede quedarse sólo en nuestro corazón o en nuestra mente, tiene que llegar a los corazones de todos los seres humanos. El “pan de cada día” es también el sacramento de la Eucaristía, el mayor signo del amor de Dios. Cada cristiano tiene que hacerse eucaristía, entrega, donación incondicional de amor.

“Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. El Catecismo de la Iglesia Católica centra muy bien las reflexiones que deben acompañar esta oración: Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separamos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volve-mos a Él, como el hijo pródigo (Cf Lucas 15, 11-32), y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano (Cf Lucas 13, 13). Nuestra petición empieza con una "confesión" en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, "tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados" (Colosenses 1, 14; Efesios 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (Cf Mateo 26, 28; Juan 20, 23). Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano y a la hermana a quienes vemos (Cf I Juan 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confe-sión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia (Catecismo de la Iglesia Católica 2839-2840). En el centro del Sermón de la Montaña se encuentran la misericordia y el perdón (Cf Mateo 5, 23-24; 6, 14-15; Marcos 11, 25), un perdón que llega incluso a los enemigos (Cf Mateo 5, 43-44) y que no tiene límites (Cf Mateo 18, 21-22; Lucas 17, 3-4). Este es el signo del cristiano, la misericordia. Es una virtud que nace del conocimiento objetivo del corazón humano y de su debilidad y del conocimiento objetivo del “corazón” de Dios y de su generosidad y fidelidad a toda prueba. Por ello, la misericordia se apoya en la fe que nos descubre la bondad de Dios y en la constatación de la pobre respuesta del ser humano. El cristiano es portador de misericordia, así hace presente a Dios en el mundo y predica que el amor es más fuerte que el pecado.

“No nos dejes caer en la tentación”. La constatación de nuestra debilidad nos lleva a acudir a Dios para que no nos deje de su mano. Somos muy conscientes de que hay cientos de tentaciones que buscan alejarnos del amor de Dios y de su plan de salvación para nuestras vidas. El mismo Jesucristo experimentó estas tentaciones y las venció apoyándose en su amor al Padre y a los hombres, sus hermanos (Cf Mateo 4, 1-11; Marcos 1, 12-13; Lucas 4, 1-14). En estos pasajes evangélicos, Cristo nos enseña la importancia de Dios en nuestra vida por encima de los atractivos que nos presenta lo que San Juan llama “el mundo”: No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas- no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre (I Juan 2, 15-17). Las tentaciones nos invitan siempre a quedarnos con lo pasajero y desarraigarnos de Dios.

Una y otra vez, Jesucristo nos pide que recemos para no caer en la tentación (Mateo 26, 41; Marcos 14, 38; Lucas 22, 40; 22, 46). Él sabe que necesitamos de Dios para librarnos de ellas, que sólo con su apoyo, con la ayuda de la gracia, podremos vivir sin dejarnos arrastrar por tantos elementos que nos llevan a romper el plan de Dios para nuestra vida, la alianza de amor que Él ha establecido con nosotros por el Bautismo. Él nunca falla a esta relación porque Dios es fiel, pero nosotros, cuando no estamos unidos a Él, corremos el riesgo de seguir el camino de nuestra infelicidad. Así pues, el que crea estar en pie, mire no caiga. No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito (I Corintios 10, 12-13). Dios no nos quita las tentaciones, pero nos da la ayuda para superarlas y expresarle nuestro amor prefiriéndolo a Él sobre todas las cosas. La tentación es el camino que conduce al pecado, rotura de la relación de amor entre Dios y el hombre. Cuando le pedimos a Dios que no nos deje caer en ellas, estamos afirmando la opción por Él, la voluntad de amarlo sobre todas las cosas.

“Líbranos del mal”. Jesucristo ya ha vencido el mal que reinaba en el mundo. Ahora, Él nos apoya en esta lucha, Él es quien vence en nosotros. El orden de la obediencia al designio de Dios roto por el diablo, por Satanás, el ángel rebelde a Dios, su Creador, volverá a restaurarse en Cristo cuando llegue su venida final. Hasta entonces, la Iglesia ora a Dios para que nos libre de las acechanzas del Maligno. En efecto, el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo en Aquel que “tiene las llaves de la Muerte y del Hades”: (Apocalipsis 1, 18), “el Dueño de todo, Aquel que es, que era y que ha de venir” (Apocalipsis 1, 8; Cf Apocalipsis 1, 4) (Catecismo de la Iglesia Católica 2854).

2 CONSEJOS PARA PORTARSE Y VIVIR MEJOR LA MISA


12 consejos para portarse y vivir mejor la Misa
Para poder aprovechar al máximo los grandes frutos espirituales que se recibe en la Misa se debe participar en ella con reverencia.


Por: Redacción | Fuente: ACI Prensa




Para poder aprovechar al máximo los grandes frutos espirituales que se recibe en la Misa se debe participar en ella con reverencia.

Aquí 12 reglas de oro o consejos prácticos que servirán para aprovechar la Misa al máximo y participar, activa y reverentemente, en la Eucaristía.

1. No usar el celular: No lo necesitas para hablar con Dios

Los teléfonos celulares nunca deben utilizarse en Misa para hacer llamadas o enviar mensajes de texto. Es posible contestar una llamada de emergencia, pero fuera del templo. Por otro lado, sí es posible usar el teléfono para lecturas espirituales u oraciones, aunque se debe ser discreto.

2. Ayunar antes de la celebración eucarística

Consiste en abstenerse de tomar cualquier alimento o bebida, al menos desde una hora antes de la Sagrada Comunión, a excepción del agua y de las medicinas.

Los enfermos pueden comulgar aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior. El propósito es ayudar a la preparación para recibir a Jesús en la Eucaristía.

3. No comer ni beber en la iglesia

Las excepciones serían: alguna bebida para niños pequeños o leche para los bebés, agua para el sacerdote o para los miembros del coro (con discreción) y para los enfermos.

Llevar un bocadillo a la iglesia no es apropiado, porque el templo es un lugar de oración y reflexión.

4. No mascar chicle

Al hacer esto se rompe con el ayuno, ocurre una distracción, se es descortés en un entorno formal, y no ayuda en la oración.

5. No usar sombrero

Es descortés usar un sombrero dentro de una iglesia. Si bien esta es una norma cultural, debe cumplirse. Así como nos sacamos el sombrero cuando se hace un juramento, igual debe hacer en la iglesia como un signo de respeto.

6. Santiguarse con agua bendita al entrar y salir del templo

Este es un recordatorio del Bautismo, sacramento por el que renacemos a la vida divina y somos hechos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Es necesario estar plenamente consciente de lo que sucede al santiguarse, y debe hacerse diciendo alguna oración.

7. Vestir con modestia

A los católicos se les invita a asistir vestidos adecuadamente ya que, si es algo que se suele hacer comúnmente para una fiesta o algún otro tipo de compromiso, no hay razón para no hacer lo mismo al asistir a Misa.

8. Llegar algunos minutos antes del inicio de la Misa

Si por alguna razón no se puede llegar a tiempo, es recomendable sentarse en la parte de atrás para no molestar a las demás personas. Llegar a la Misa temprano permite orar y prepararse mejor para recibir a Cristo.

9. Arrodillarse hacia el Sagrario al entrar y salir del templo

Al permitir que nuestra rodilla toque el piso, se reconoce que Cristo es Dios. Si alguien es físicamente incapaz de hacer la genuflexión, entonces un gesto de reverencia es suficiente. Durante la Misa, si se pasa delante del altar o del tabernáculo, se debe inclinar la cabeza con reverencia.

10. Permanecer en silencio durante la celebración

Al ingresar al templo se debe guardar silencio. Si se tiene que hablar, hágalo de forma silenciosa y breve. Recuerde que mantener una conversación puede molestar a alguien que está orando.

Si tiene un niño o un bebé, puede sentarse cerca de alguna salida ante cualquier contratiempo.

Recuerde que no hay razón para sentir vergüenza por tener que calmar o controlar a su hijo, dentro o fuera de la iglesia. Enséñeles a comportarse, especialmente con su propio ejemplo.

11. Inclinarse al recibir la comunión

Si es Dios, entonces se puede mostrar respeto inclinando cabeza como reverencia. Si lo desea puede hacer una genuflexión. Esta es una práctica antigua que ha continuado hasta el día de hoy.

12. Espere a que la Misa termine

Debemos permanecer en la Misa hasta la bendición final. Recuerde que uno de los mandamientos de la Iglesia es oír Misa entera los domingos y fiestas de guardar.

Es una buena costumbre, aunque no requerida, ofrecer una oración de acción de gracias después de la celebración.

Finalmente, la salida debe ser en silencio a fin de no molestar a otras personas que deseen permanecer en el templo rezando.

LECTURAS BÍBLICAS DE HOY DOMINGO 5 DE JULIO DE 2020



Lecturas del Evangelio de hoy 5 de julio, 2020.


Primera Lectura
Zacarías 9,9-10.

Así dice el Señor: "Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra".



Salmo 145(144):1-2,8-11,13b-14.
"Bendeciré tu nombre para siempre, oh Dios, mi Rey". (R).


Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. (R).

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. (R).

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. (R).

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. (R).


Segunda lectura 
Romanos 8,9.11-13.

Hermanos: Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis


Aclamación del Evangelio de hoy.

"¡Aleluya, aleluya! Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por revelar los misterios del reino a los niños. ¡Aleluya!" (Cfr. Mateo 11,25)


Santo Evangelio de hoy - Mateo 11,25-30.
 (A vino nuevo, odres nuevos):

 "En aquel tiempo, Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". Palabra del Señor.




Reflexión del Evangelio de hoy por el Papa Francisco.

En la lectura del Evangelio de hoy, vemos que Jesús dice: "Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré" (Mt. 11,28). Cuando Jesús dice esto, tiene ante sus ojos las personas que encuentra todos los días por los caminos de Galilea: mucha gente simple, pobres, enfermos, pecadores, marginados, esta gente siempre le siguió para escuchar su palabra, una palabra que daba esperanza.

Las palabras de Jesús dan siempre esperanza. y también para tocar aunque solo fuese el borde de su manto. Jesús mismo buscaba a estas multitudes extenuadas y dispersas como ovejas sin pastor (cf. Mt 9:35-36): así dice Él, y las buscaba para anunciarles el Reino de Dios y para sanar a muchos de ellos en el cuerpo y en el espíritu. Ahora los llama a todos a su lado: "Vengan a mí", y les promete alivio y refrigerio.

Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días, para llegar a muchos hermanos y hermanas oprimidos por precarias condiciones de vida, por situaciones existenciales difíciles y, a veces privados de auténticos puntos de referencia.

En los países más pobres, pero también en las periferias de los países más ricos, se encuentran muchas personas desamparadas y dispersas bajo el peso insoportable del abandono y de la indiferencia.

A cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, Jesús repite: "Vengan a mí, todos ustedes". Pero también lo dice a los que poseen todo. Pero cuyo corazón está vacío. Está vacío. Corazón vacío y sin Dios. También a ellos, Jesús dirige esta invitación: "Vengan a mí".

La invitación de Jesús es para todos. Pero de manera especial para los que sufren más. Jesús promete reconfortar a todos, pero también nos hace una invitación, que es como un mandamiento:

"Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón" (Mt 11,29).

El "yugo" del Señor ¿en qué consiste? Consiste en cargar el peso de los otros con amor fraternal. Una vez recibido el alivio y consuelo de Cristo, estamos llamados también nosotros a ser alivio y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro.

La mansedumbre y la humildad de corazón no sólo nos ayuda a soportar el peso de los otros, sino a no cargar sobre ellos con nuestros propios puntos de vista personales, nuestros juicios, nuestras críticas o nuestra indiferencia. (Reflexión antes del rezo del Ángelus, 06 de julio de 2014)
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