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domingo, 14 de junio de 2026

LOS 10 MOMENTOS MÁS IMPACTANTES DEL VIAJE DEL PAPA LEÓN XIV A ESPAÑA

 


 

Los 10 momentos más impactantes del viaje del Papa León XIV a España

Crédito: Vatican News.

Francesca Pollio Fenton



Desde plazas abarrotadas y emotivos encuentros con los fieles, hasta enérgicos llamados a la paz, la unidad y la evangelización: la reciente visita del Papa León XIV a España no dejó indiferente a nadie y estuvo repleta de momentos memorables. El Santo Padre visitó Madrid, Barcelona, Canarias y Tenerife, del 6 al 12 de junio.


A lo largo de su viaje, el Papa conectó con los católicos de todo el país, al tiempo que destacó el rico patrimonio espiritual de España y alentó a los creyentes a renovar su fe en un mundo cada vez más secularizado.


A continuación, repasamos 10 de los momentos más impactantes de la visita del Papa León a España:


1. Más de un millón de católicos se unen al Papa León en la procesión del Corpus Christi en Madrid

Uno de los momentos más impresionantes tuvo lugar durante la procesión eucarística en la solemnidad del Corpus Christi, cuando 1.5 millones de personas se congregaron en la célebre Plaza de Cibeles de Madrid para participar en la celebración de la misa, la procesión y la bendición eucarística del Papa.

En Madrid, el Papa León afirmó que el Corpus Christi es "más que una celebración más en el calendario litúrgico... Es una forma de volver al corazón de la fe para renovar nuestro amor y fidelidad a Dios".


2. El Papa León se reúne con víctimas de abusos

En el tercer día de su viaje apostólico a España, el Papa León se reunió con seis víctimas de abusos cometidos "por miembros del clero y de la Iglesia" en el país.


Las víctimas, según informó el Vaticano, estuvieron "acompañadas por personal de la Iglesia dedicado al apoyo y acompañamiento de las víctimas".


Durante la reunión, que duró una hora, las víctimas compartieron sus "dolorosas experiencias personales" con el Santo Padre, y cada una de ellas le presentó "propuestas para hacer más eficaz la respuesta de la Iglesia ante estos casos tan trágicos".


Poco antes de reunirse con las víctimas, el Santo Padre instó a los obispos españoles a responder a la "lacra" de los abusos en la Iglesia "con escucha, verdad, justicia, reparación y un compromiso cada vez más decidido con la prevención y la cultura del cuidado".


"Cada persona herida debe poder encontrar una escucha sincera, acogida, protección y caminos reales hacia la sanación", señaló el Santo Padre.


El Papa León XIV se convirtió en el primer Pontífice de la historia en intervenir ante el Parlamento español al dirigir un discurso a los legisladores, el lunes 8 de junio, en el tercer día de su viaje apostólico.

Aunque es el tercer Papa que visita España —después de San Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI—, ninguno de los predecesores de León había hablado ante el órgano legislativo que representa al pueblo español.

El Papa recibió casi siete minutos de aplausos al final de su discurso, en el cual instó a los parlamentarios a proteger la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.


4. El Papa honra a Nuestra Señora de la Almudena con la Rosa de Oro

Una de las mayores devociones entre los católicos españoles es la de Nuestra Señora de la Almudena, patrona de Madrid.


Según la tradición, cuando las fuerzas moras invadieron la región en el año 712 d.C., los ciudadanos de Madrid escondieron en secreto su querida estatua de la Virgen María dentro de los gruesos muros de piedra de la fortaleza de la ciudad, dejando dos velas encendidas a su lado. 


En 1085, tras la reconquista de Madrid por el rey Alfonso VI, los cristianos buscaron la imagen. Mientras procesionaban alrededor de las murallas de la ciudad, un tramo de la pared se derrumbó milagrosamente, revelando la estatua perfectamente conservada con las velas aún encendidas después de siglos.


El 8 de junio, esa devoción inquebrantable recibió uno de los más altos reconocimientos de la Iglesia cuando el Papa León XIV otorgó una Rosa de Oro a la histórica estatua.


"Como símbolo del amor filial del Papa a la Virgen María, colocaré una Rosa de Oro a sus pies", expresó León durante una ceremonia en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid.


Esta distinción papal —uno de los máximos honores que un pontífice puede conceder a una imagen o santuario mariano— reconoce la profunda devoción que generaciones de católicos españoles han profesado a la Santísima Virgen bajo la advocación de la Almudena.


Se desconoce el origen exacto de la entrega de la Rosa de Oro, aunque se considera una de las tradiciones papales más antiguas. El registro histórico más fiable se remonta a 1096, cuando el Papa Urbano II envió una a Fulco IV de Anjou.


5. El Papa León encomienda su pontificado a Nuestra Señora de Montserrat

Durante su estancia en Montserrat, el Santo Padre visitó la Abadía de Montserrat, enclavada entre imponentes formaciones rocosas que se asemejan a figuras esculpidas de animales u objetos.


A los pies de Montserrat, tras rezar el Rosario, el Papa elevó su oración: "Pidámosle que nos ayude a revestirnos únicamente con la armadura de Dios".


Y añadió: "Consideremos también cómo la Virgen sostiene el globo terráqueo en su mano derecha, signo de su cuidado maternal, pues el mundo entero encuentra un lugar en su corazón. Ella nos invita a reconocernos como hermanos y hermanas, de modo que nadie quede excluido y la comunión sea más fuerte que cualquier división".


La imagen de María que se venera actualmente es una talla románica de madera del siglo XII, de algo más de 90 centímetros de altura, que representa a la Santísima Virgen María con el Niño Jesús. A excepción de los rostros y las manos, la estatua está cubierta de oro, mientras que la tez oscura de la Virgen le ha valido el popular sobrenombre de "La Moreneta".


"Me alegra venir a los pies de La Moreneta para encomendarle, con plena confianza en su intercesión materna, mi ministerio petrino y la misión de la Iglesia en un mundo que clama por la justicia y la paz", afirmó el Papa.


6. El Papa León reza con el Rosario de un joven... y luego se lo devuelve

Durante su estancia en Barcelona, se volvió viral un encuentro entre el Papa y un joven llamado Sergi.


Durante la visita del pontífice al Santuario de Nuestra Señora de Montserrat, Sergi le entregó su Rosario a León. El Papa se lo guardó en el bolsillo antes de utilizarlo minutos más tarde para rezar durante el acto.


"Yo solo quería que me lo bendijera, eso era todo, pero me preguntó: '¿Es para mí?'. Y no le iba a decir que no, así que claro, le dije que sí y se lo quedó", relató el joven a EWTN News.


Pero la historia no terminó ahí. De forma inesperada, tras el evento, Sergi consiguió recuperar su preciado sacramental, con el que el Papa acababa de rezar.


7. El Papa León visita la tumba del venerable Antoni Gaudí

Antes de celebrar la Misa en la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona, el Papa León se tomó un tiempo para visitar la cripta, rezar ante el Santísimo Sacramento y encender una vela ante la tumba del Venerable Antoni Gaudí, quien diseñó la emblemática basílica hace más de un siglo.


Gaudí, conocido como el "arquitecto de Dios", falleció en 1926 y está enterrado en la cripta de la basílica. Era conocido por su intensa fe personal y su devoción a la construcción de la Sagrada Familia.


El Vaticano anunció el 14 de abril de 2025 que el Papa Francisco había reconocido formalmente las "virtudes heroicas" de Gaudí, un paso clave en el proceso de canonización. Ahora se requieren dos milagros atribuidos a la intercesión de Gaudí para su santificación.


8. El Papa León celebra la misa en la emblemática Basílica de la Sagrada Familia

Uno de los hitos históricos de la visita del Papa León a España fue la oportunidad de hacer realidad el sueño de Antoni Gaudí: la inauguración y bendición de la Torre de Jesucristo, coincidiendo exactamente con el centenario de la muerte del gran arquitecto.


La espectacular aguja central está coronada por una cruz blanca que convierte a la basílica en la más alta del mundo, y estará abierta a los visitantes a partir de 2028.


Tras la Misa, León XIV salió al exterior para bendecir e inaugurar la Torre de Jesucristo —antes de un impresionante espectáculo de luces y música sacra—, un acto en el que el Papa, más que limitarse a sellar una obra terminada, trazó un rumbo para los cristianos.


"La Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones terrenales, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina por esta tierra de Cataluña, con la cruz iluminando el camino como una lámpara encendida a la espera del regreso del Esposo", afirmó.


"Toda la ciudad de Barcelona y toda Cataluña se congregan en este templo —que es en sí mismo un signo de unidad y concordia para toda España— y elevan su mirada para encontrarse con el rostro de Dios Padre, resplandeciente en su Hijo hecho hombre, Jesucristo", añadió el Papa.


9. El Papa León bendice una cruz hecha con madera de pateras de migrantes

En el Puerto de Arguineguín, en Gran Canaria —un lugar que se convirtió en símbolo de la crisis migratoria en las Islas Canarias—, el Papa León ofreció un poderoso testimonio de la dignidad de cada persona humana. 


De pie en un muelle marcado por el sufrimiento y la pérdida de quienes llegaron tras peligrosas travesías por el Atlántico, rezó por los migrantes, denunció la trata de personas y llamó al mundo a un profundo examen de conciencia.


La visita concluyó junto a la imagen de Nuestra Señora del Carmen, patrona de los marineros, donde el Santo Padre bendijo una cruz conmemorativa fabricada con la madera de los barcos de los migrantes, erigida en honor a quienes perdieron la vida en el mar. 


Al encomendar a los migrantes y a todos los que emprenden viajes peligrosos al cuidado materno de la Virgen, transformó un lugar que antes evocaba la tragedia en un signo de esperanza y memoria.


10. El Papa León envía un contundente mensaje a los traficantes de personas

Durante el último día de su viaje papal, León alzó la voz con una fuerza inusual.

En Tenerife, se pronunció en contra de los traficantes de personas: tanto de aquellos que cobran sumas astronómicas para permitir que los migrantes crucen el océano, como de quienes los esclavizan sin piedad.


"Por cada vida perdida, por cada familia engañada, por cada cuerpo sometido, por cada mujer amenazada, por cada trabajador explotado, tendrán que comparecer ante la justicia divina", sentenció el Papa.


"Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen en cautiverio", añadió. "Devuelvan lo robado y reparen el daño en la medida de lo posible", dijo.


León declaró con firmeza: "Deténganse. Arrepiéntanse".


Para aquellos que lucran con el sufrimiento ajeno, el Santo Padre dejó abierta la puerta del regreso a Dios.


"Arrepiéntanse mientras todavía haya tiempo", exhortó, "porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero solo se entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión".


Publicado originalmente en EWTN News. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.

MENSAJE DEL PAPA LEÓN XIV PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES 2026




 Mensaje del Papa León XIV para la Jornada Mundial de los Pobres 2026

 Crédito: Vatican Media.

14 de junio de 2026




“El Señor es el refugio del pobre”, tomado del Salmo 14,6, es el título elegido por el Papa León XIV para su mensaje para la X Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el 15 de noviembre de 2026. En el documento, publicado por la Oficina de Prensa de la Santa Sede este domingo 14 de junio, el Santo Padre denuncia una “injusticia social que brota de la corrupción arrogante”, advierte que el “ambiente digital” aumenta la indiferencia hacia los pobres y llama a los cristianos a convertirse ellos mismos en refugio para quienes más sufren.


El Señor es el refugio del pobre (cf. Sal 14,6)

1. El Señor es el refugio del pobre (cf. Sal 14,6). Las palabras del Salmista sugieren el camino que estamos llamados a recorrer con vistas a la X Jornada Mundial de los Pobres. Una vez más es necesario volver a la Palabra de Dios para verificar la importancia que los pobres tienen en la vida de la Iglesia. La expresión del salmo se convierte en criterio de juicio para la existencia cristiana porque revela el rostro de Dios y reconoce la pobreza humana. En efecto, en un momento histórico dramático, como fue la destrucción del templo de Jerusalén, el pueblo se sintió privado de la presencia de Dios y experimentó una miseria material y moral sin precedentes.


Esta Palabra se le presenta a cada generación en toda su actualidad. Desde el principio muestra la contradicción en la que a menudo se cae todavía hoy. La primera constatación es esta: «Dice el necio para sí: “No hay Dios”. Se han corrompido cometiendo execraciones, no hay quien obre bien» (Sal 14,1). Esto pone de relieve el contraste entre quienes se comportan con sabiduría y quienes, en cambio, arrastran su vida como si no hubiera nada por encima de ellos. Se observa, lamentablemente, cuán difundida está también en nuestros días una injusticia social que brota de la corrupción arrogante, tan deplorable como discriminatoria. La pérdida del sentido de la trascendencia en la vida cotidiana ya no es tanto una negación teórica de la existencia de Dios; más bien se manifiesta en la falta de consideración de su bondad y misericordia para la construcción de la justicia personal y social.


Los primeros en sufrir sus consecuencias son los pobres, que no por casualidad aumentan en muchas sociedades. La ausencia de Dios coloca a las personas ya no unas junto a otras en el respeto recíproco, sino unas por encima de otras bajo el signo del dominio y del sometimiento. Así se exhibe una lógica desacralizadora de prevaricación y de descarte que margina y humilla. En esta condición se encuentran no sólo personas individuales, sino pueblos enteros. Las palabras del salmo resuenan todavía llenas de verdad: «Devoran a mi pueblo como pan» (Sal 14,4).



2. El grito de justicia de los pobres hoy es acallado mediante múltiples técnicas, cada vez más sutiles, hasta dejar sin voz todo esfuerzo suyo por hacer oír sus peticiones. El ambiente digital radicaliza el prejuicio hacia ellos y aumenta la cortina de indiferencia que rodea sus causas. Al pobre no le queda más que gritar hacia Dios (cf. Sal 34,7) y hacer llegar a Él su lamento, con la certeza de ser escuchado porque Dios es fiel y rico en misericordia. 


Quienes están oprimidos, humillados e indefensos crecen también hoy en la certeza de tener que abandonarse a Dios, cargados de confianza y de espera. En este abandono total, vuelve a florecer el sentido de la propia dignidad, se reconocen hermanas y hermanos con quienes organizar sus sueños, y la esperanza se convierte silenciosamente en realidad. Refugiarse en Dios equivale a encontrar la protección verdadera y segura, aquella que los poderosos no pueden garantizar y prefieren negar.


El pobre, sin embargo, sabe reconocer más que otros lo esencial, porque vive de lo esencial. Más semejante a Cristo que todos, reconoce a Dios como su propio refugio incluso cuando las circunstancias parecen desmentirlo, y está colmado de esperanza por su justicia, que no tarda en manifestarse. En la noche del abandono y de la soledad, el pobre “habita al amparo del Altísimo” (cf. Sal 91,1). Quienes están afligidos, quienes sufren injusticia y son ofendidos, quienes padecen sufrimiento y dolor, quienes están solos y privados del sentido de la vida pueden encontrar consuelo y nueva motivación junto al Señor.


3. Ser refugio no es sólo una promesa, sino que se convierte en realidad en la persona de Jesucristo. Dios pone su morada entre nosotros con la encarnación del Hijo, que hace concreto y visible el refugio esperado. Jesucristo es realmente el refugio de Dios para los pobres. Por su obediencia al Padre, desciende hasta el punto más bajo, donde se encuentran los últimos. Sale al encuentro de todos y a cada uno ofrece refugio seguro: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt 11,28). En Jesús, Dios no sólo protege, sino que comparte la pobreza humana hasta la cruz.


Los pobres de nuestros días son los olvidados y los marginados: despojados de una palabra y de un rostro, además del pan. Que ellos puedan encontrar al Hijo de Dios, que se hace prójimo de todos sin descuidar a nadie. Que lo encuentren, ante todo, en quienes se dicen cristianos. En la Iglesia, su Cuerpo, es Jesús quien ofrece pan y amistad; trae luz y un horizonte de esperanza; pronuncia el nombre de cada uno y devuelve a todos la dignidad. Jesús de Nazaret es el don de Dios para los pobres. En Él todas las promesas se hacen realidad. Para quienes carecen de una casa, de un trabajo, de educación, de alimento, de salud, se abre un nuevo camino: el compartir como expresión del Reino de Dios (cf. Mt 5,3). A la obsesión de quienes acumulan riquezas sólo para sí se opone la obstinación de Dios que, en el testimonio de personas de carne y hueso, abre el corazón y acoge en su amor.


4. En Cristo estamos llamados, por tanto, también nosotros a hacernos pobres y a convertirnos en refugio para el pobre. La comunidad cristiana no puede permanecer insensible ante tantos que hoy están a la puerta y siguen siendo invisibles para quienes permanecen encerrados entre sus propios muros. La Iglesia, por su misma naturaleza, está llamada a ser pobre y refugio para los pobres. No olvidemos el comentario de san Agustín a la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro: «Calló el nombre del rico e indicó el del mendigo. Dios calló el nombre tan pregonado del primero; sin embargo, dio a conocer el del segundo […] ¿Qué elegirías: ser pobre como el uno o ser como el rico? No te dejes engañar: escucha cuál fue el final de ambos y advierte cuál es la elección equivocada» (Sermón 33A, 4).


Como recordé en la Exhortación apostólica Dilexi te, «Dios muestra predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de liberación del Señor y, por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya ninguno debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado» (n. 21).


Surgen inevitablemente algunas preguntas, que en esta X Jornada Mundial de los Pobres tenemos la urgencia de hacer resonar en nuestra mente y en nuestro corazón. ¿Somos signo de un Dios que es refugio para los pobres? ¿Tenemos conciencia de nuestra pobreza y la preferimos a la riqueza injusta? ¿Llegamos hasta donde se encuentran los pobres, experimentando su marginalidad? ¿Escuchamos sus pensamientos y compartimos sus esperanzas? ¿Pronunciamos sus nombres con ternura divina? ¿Nuestra caridad reactiva y sostiene en ellos el deseo de justicia y de rescate? Estas y muchas otras preguntas obligan a un serio examen de conciencia, para verificar cuánto estamos todavía llamados a llegar a ser en favor de los pobres y de su liberación. Entonces veremos que los pobres se convierten ellos mismos en refugio para otros. La experiencia de la pobreza vuelve particularmente sensibles a una solidaridad renovada ante los desafíos.


El amor de Cristo nos hace, en efecto, partícipes de la vida de amor de Dios. En este sentido, los cristianos están llamados no sólo a buscar refugio en Dios, sino también a hacerse, en Él, refugio para los demás, sin «distinguir entre el que asiste y el que es asistido, entre el que parece dar y el que parece recibir, entre el que se presenta pobre y el que siente la necesidad de ofrecer tiempo, capacidades y ayuda. Somos la Iglesia del Señor, una Iglesia de pobres, todos preciosos, todos partícipes, cada uno portador de una Palabra única de Dios. Cada uno es un don para los demás» (Homilía, 17 agosto 2025).


5. El octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís nos impulsa a recordar cómo, llegado a Roma como peregrino a la tumba del apóstol Pedro, fue conmovido por la compasión hacia los mendigos. Para comprender y experimentar su sufrimiento, se quitó sus propias vestiduras y las cambió por los vestidos andrajosos de uno de ellos, sentándose a pedir limosna y pasando todo el día entre los pobres con alegría de espíritu (cf. Fuentes Franciscanas, 1405-1406). Queremos testimoniar que es posible, también hoy, experimentar la misma alegría al ponerse en el lugar de los pobres y escucharlos, en vez de sólo hablar de ellos. Quien tiene a Dios por refugio es libre de tomar decisiones proféticas, que testimonian cómo todo puede ser repensado desde abajo, en la humildad y en la fraternidad que, sólo ellas, reparan un mundo herido por la prepotencia.


Confío en que esta X Jornada Mundial de los Pobres pueda constituir una etapa significativa para redescubrir el rostro de tantos hermanos y hermanas que buscan refugio en Dios y desean sentirse en casa en nuestras comunidades. Mantengamos viva la obediencia a la Palabra de Dios, que suscita la conversión del corazón. Que la Virgen María, que en la carne crucificada del Hijo contempló el amor de Dios que colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías (cf. Lc 1,53), interceda por nosotros.


Vaticano, 13 de junio de 2026, memoria de san Antonio de Padua.


LEÓN PP. XIV 

domingo, 7 de junio de 2026

HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA MISA POR LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI 2026 EN ESPAÑA

 



 Homilía del Papa León XIV en la Misa por la Solemnidad del Corpus Christi en España

7 de junio de 2026



En el segundo día de su viaje apostólico a España, el Papa León XIV presidió una Misa por la Solemnidad de Corpus Christi en la plaza de Cibeles. Tras la comunión, se dio paso a una procesión con el Santísimo Sacramento por las calles de Madrid.


Aquí presentamos el texto completo de la homilía:

Estamos reunidos en torno a la Eucaristía, el don de la presencia viva de Cristo en medio de nosotros. Él, que quiso ofrecernos su vida para hacernos entrar en la comunión del Padre y convertirnos en hijos suyos, está aquí, como Pan vivo bajado del cielo, que nos alimenta con la misma vida de Dios, con un amor más fuerte que la muerte.


Esta memoria del Señor presente en el Pan eucarístico está en el corazón de vuestra fe y de la historia de vuestro pueblo. Aquí en Madrid, pero también en tantos otros lugares de España, el Corpus Christi no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios.


Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos.


No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros.


Así, si en la Celebración eucarística Cristo se entrega como alimento, la procesión dice que Él no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre. El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados. No es casual que aquí, en España, la Iglesia haya unido durante años la Solemnidad del Corpus Christi con el Día de la Caridad.


No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo.


Por eso, la memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico; se convierte, en cambio, en una invitación para el hoy, para nuestra vida personal, para nuestras relaciones, para la sociedad, para la construcción del futuro. En esta perspectiva debe comprenderse la invitación a “recordar” que hemos escuchado en la primera lectura:


«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto»; acuérdate de cómo, cuando tenías hambre, te alimentó con el maná. Se trata de “recordar” precisamente para no olvidar quién es el Señor, para no caer en la tentación de confiar en otros ídolos y alimentarse de un pan que no sacia.


Por tanto, he aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratuidad del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común.


Hermanos y hermanas, deseo recordar aquí a San Manuel González, el “Obispo de los Sagrarios Abandonados”. Su vida nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día.


Quisiera recordar también los versos poéticos de San Juan de la Cruz: «Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche» (Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe).


En la prisión conventual de Toledo, donde estaba encarcelado en condiciones durísimas, precisamente en torno al Corpus Christi de 1578, él reconoce desde la noche de aquella prisión la presencia escondida del Señor, de la que brota una luz que no conoce ocaso y mana una vida que no se agota. Jesús Eucaristía es “aquella eterna fuente que está escondida” fuente que corre y apaga la sed, pero sin deslumbrar, sin imponerse con poder exterior, sin presentarse de modo espectacular (cf. ibíd.).


Volvamos a Él con amor sincero. Abrámonos al encuentro con Él, dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría.


Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza. La gracia eucarística nos transforma, pero también nos convierte en protagonistas de la transformación de la historia y en signo de esperanza para quienes encontramos.


Que el Señor Jesús presente en la Eucaristía os haga pan partido, entregado y ofrecido, para que una vida plena pueda brotar para vosotros, para vuestras familias y para vuestro país.

domingo, 10 de mayo de 2026

¿QUIÉN FUE LA MADRE DEL PAPA LEÓN XIV?

 



 ¿Quién fue la madre del Papa León XIV? 

8 datos para conocer a Mildred Martínez

Mildred Martínez, madre del Papa León XIV/ El Papa León XIV | Crédito:  Daniel Ibañez -  Victoria Cardiel

10 de mayo de 2026



Comprender quién fue Mildred Martínez, la madre de Robert Prevost, permite asomarse a uno de los rincones más íntimos de la vocación de quien es ahora el Papa León XIV.

Descubre 8 datos sobre ella que están recogidos en el libro De Roberto a León, publicado por la editorial Mensajero, en el que Armando Lovera, originario de Iquitos (Perú), narra distintos episodios de la vida del Pontífice poco conocidos.


1. Dos de sus hermanas abrazaron la vida religiosa

Una prueba del peso de la fe en la familia de Mildred es que dos de sus hermanas, Louise e Hilda, decidieron consagrar su vida a Dios en sus respectivas congregaciones religiosas. 

Louise Eugenie, nacida en 1903 en Nueva Orleans, fue la primera en dar el paso: ingresó con 19 años en las Hermanas de la Misericordia. Años después, en 1928 y con 21 años, Hilda siguió sus pasos al profesar en otra congregación. 


2. Perdió a su padre en plena adolescencia

La infancia de Mildred estuvo marcada por una pérdida decisiva. Su padre, Joseph Martinez, falleció el 31 de julio de 1926, cuando ella tenía sólo 14 años. La muerte dejó a su madre, Louise, viuda a los 62 años y obligada a incorporarse al mundo laboral. Encontró empleo en una fábrica de frutos secos y caramelos, donde trabajaba como degustadora, evaluando la calidad de los productos.

Al mismo tiempo, las hermanas mayores, Irma y Margaret, asumieron la responsabilidad del sustento económico de la familia que pudo así mantenerse en pie en un momento de especial dificultad.


3. Fue educada para ser una mujer independiente 

En los años veinte, Mildred comenzó sus estudios en el Immaculata High School, un colegio católico femenino fundado por las Hermanas de la Caridad de la Bienaventurada Virgen María, congregación a la que también pertenecía su hermana Hilda.

La formación que recibió no se limitaba a lo académico. El centro buscaba preparar a mujeres capaces de desenvolverse en la vida pública y profesional, fomentando tanto la formación intelectual como los valores cristianos, con una clara apuesta por la independencia femenina.


4. Una vida dedicada a los libros y la educación

A los 27 años, Mildred empezó a trabajar en una biblioteca pública, en tareas administrativas. Tres años después entró en la universidad para estudiar Biblioteconomía. Completó su formación con un posgrado en Educación en 1949.


Su vocación por los libros no se limitó al ámbito profesional. Durante años, fue voluntaria en la biblioteca parroquial: organizaba los fondos, catalogaba las obras y organizaba lecturas públicas para promover la cultura.


5. Cantante de música sacra y solista destacada

Mildred poseía una voz de contralto profunda y poderosa. No se trataba de una simple afición: participó como solista en numerosos conciertos de música religiosa.


En 1941 llegó a presentarse al prestigioso Chicagoland Music Festival, celebrado en el Soldier Field ante más de cien mil personas. Su repertorio estaba centrado en la música sacra y entre sus interpretaciones destacaba especialmente el “Ave María”, pieza exigente incluso para profesionales.


6. El primer encuentro del futuro padre de Robert Prevost con su familia casi acaba en desastre

La historia familiar también dejó anécdotas singulares. Mildred conoció a Louis, quien sería su esposo y padre del futuro Papa, en la Universidad DePaul en 1948. Sin embargo, su primer encuentro con la familia estuvo a punto de fracasar.


Invitado a casa, Louis llegó enfermo, tomó un medicamento y, poco después, se desmayó ante todos. Entre bromas, una de las hermanas sentenció que no volvería. Pero sí regresó. Meses después, el 25 de enero de 1949, se casaron en la catedral del Santo Nombre de Chicago e iniciaron su vida en común en Dolton.


7.  Su órgano eléctrico acabó en Trujillo (Perú) 

Además de cantar, Mildred tocaba el piano y participaba activamente en la vida musical de su parroquia.

Años más tarde, su órgano eléctrico fue trasladado por su hijo, Robert Prevost, a la casa de formación de los agustinos que fundó en Trujillo (Perú), ciudad en la que trabajó entre 1988 y 1999. A miles de kilómetros de Chicago, en ese instrumento su música siguió viva.


8. Tuvo un papel decisivo en la vocación de su hijo

Mildred fue un pilar en la vida espiritual de su familia. Su familia vivía la parroquia como si fuera una extensión de su casa. La madre del Papa solía cantar en el coro parroquial.

Además, su hogar era un lugar de encuentro habitual para sacerdotes amigos, a los que solía invitar a comer. Esos encuentros, marcados por la sencillez y la cercanía, ayudaron a forjar en el corazón del menor de sus tres hijos su deseo de ser como ellos.

domingo, 26 de abril de 2026

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA MISA DEL IV DOMINGO DE PASCUA

  


TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV en la Misa del IV Domingo de Pascua

Daniel Ibañez/EWTN News

26 de abril de 2026



El Papa León XIV ordenó este IV Domingo de Pascua a diez nuevos sacerdotes y les exhortó a mantener siempre la puerta de la Iglesia “abierta”.


Durante el rito inicial, el cardenal vicario de Roma, Baldo Reina, solicitó formalmente la ordenación de los candidatos.

"¿Es cierto que son dignos?", preguntó León XIV, a lo que el purpurado respondió: "De las informaciones recogidas entre el pueblo cristiano y según el juicio de quienes han guiado su formación, puedo afirmar que son dignos".


Lea aquí el texto completo de la homilía que pronunció el Pontífice.

Queridos hermanos y hermanas:

¡Este es un domingo lleno de vida! Aunque la muerte nos rodea, la promesa de Jesús ya se cumple: «Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). En la disponibilidad de los jóvenes que la Iglesia hoy pide que sean ordenados presbíteros constatamos mucha generosidad y entusiasmo. Al reunirnos, tan numerosos y diferentes, en torno al único Maestro, advertimos una fuerza que nos renueva. Es el Espíritu Santo, que une personas y vocaciones en la libertad, de modo que ninguno viva más para sí mismo. El domingo —cada domingo— nos llama a salir del “sepulcro” del aislamiento y de la cerrazón para encontrarnos en el jardín de la comunión, del que el Resucitado es el guardián.


El servicio del sacerdote, al que la llamada de estos hermanos nos invita a reflexionar, es un ministerio de comunión. De hecho, la “vida en abundancia” llega a nosotros en el personalísimo encuentro con la persona del Hijo, pero de inmediato abre nuestros ojos a un pueblo de hermanos y hermanas que ya experimentan, o que todavía están buscando, el «poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Este es un primer secreto en la vida del sacerdote. Queridos ordenandos, cuanto más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad. No hay contraposición, ni competición entre el cielo y la tierra; en Jesús se unen para siempre. Este misterio vivo y dinámico compromete el corazón a un amor indisoluble; lo compromete y lo llena.


Ciertamente, como el amor de los esposos, también el amor que inspira el celibato por el Reino de Dios debe cuidarse y renovarse siempre, porque todo afecto verdadero madura y se vuelve fecundo con el tiempo. Están llamados a un modo de amar específico, delicado y difícil y, aún más, a un modo de dejarse amar en la libertad. Un modo que podrá hacer de ustedes, no sólo buenos sacerdotes, sino también ciudadanos honestos, disponibles, constructores de paz y de amistad social.


A este respecto, en el Evangelio que acabamos de proclamar (Jn 10,1-10) sorprende la referencia de Jesús a figuras y a gestos de agresión: entre él y aquellos que ama irrumpen extraños, ladrones y asaltantes que exceden los límites, no vienen «sino para robar, matar y destruir» (v. 10) y, sobre todo, tienen una voz diferente a la suya, irreconocible (cf. v. 5). Hay un gran realismo en las palabras del Señor: conoce la crueldad del mundo en el que camina con nosotros. Con sus palabras evoca formas de agresión física, pero sobre todo espiritual. Sin embargo, esto no lo disuade de dar la vida. La denuncia no se vuelve renuncia, el peligro no lleva a la fuga. Este es un segundo secreto del sacerdote: la realidad no debe darnos miedo. El que nos llama es el Señor de la vida. Que el ministerio que se les confía, queridos hermanos, comunique la paz del que, aun en medio de peligros, sabe por qué se siente seguro.


Hoy la necesidad de seguridad vuelve los ánimos agresivos, encierra a las comunidades en sí mismas, instiga a buscar enemigos y chivos expiatorios. A menudo hay miedo a nuestro alrededor y quizás también dentro de nosotros. Que su seguridad no resida en el rol que desempeñan, sino en la vida, muerte y resurrección de Jesús, en la historia de salvación en la que participan con su pueblo. Es una salvación que ya actúa en tanto bien que se hace silenciosamente, entre personas de buena voluntad, en las parroquias y en los ambientes a los que ustedes se harán cercanos, como compañeros de viaje. Lo que anuncian y celebran los protegerá también en situaciones y en tiempos difíciles.


Las comunidades a las que serán enviados son lugares donde el Resucitado ya está presente, donde muchos ya lo han seguido de manera ejemplar. Reconocerán sus llagas, distinguirán su voz, encontrarán a quienes se lo indicarán. Son comunidades que los ayudarán también a ustedes a ser santos. Y ustedes ayúdenlas a caminar unidas en pos de Jesús, el Buen Pastor, para que sean lugares —jardines— de la vida que renace y se comunica. Con frecuencia, lo que les falta a las personas es un lugar donde experimentar que juntos es mejor, que juntos es hermoso, que es posible vivir juntos. Facilitar el encuentro, ayudar a reunirse con quienes de otro modo no se conocerían nunca y acercar a los contrarios está íntimamente unido a la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación. Reunir es, siempre y nuevamente, establecer la Iglesia.


Es significativa una imagen en el Evangelio con la que Jesús, en un cierto momento, comienza a hablar de sí mismo. Se estaba describiendo como el “pastor”, pero parece que quienes lo escuchan no lo entienden; entonces, cambia la metáfora: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10,7). En Jerusalén había una puerta que se llamaba precisamente así, “la puerta de las ovejas”, cerca de la piscina de Betsaida. Por allí entraban en el templo las ovejas y los corderos, antes de ser sumergidos en el agua y luego destinados a los sacrificios. Es espontáneo pensar en el Bautismo.


«Yo soy la puerta», dice Jesús. El Jubileo nos ha mostrado cómo esta imagen sigue hablando al corazón de millones de personas. Durante siglos la puerta —a menudo un auténtico portal— ha invitado a cruzar el umbral de la Iglesia. En algunos casos, la fuente bautismal se construía en el exterior, como la antigua piscina probática, bajo cuyos pórticos «yacía una multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos» (Jn 5,3). Queridos ordenandos, siéntanse parte de esta humanidad que sufre y que espera la vida en abundancia. Al iniciar a otros en la fe, reavivarán la propia fe. Junto con los otros bautizados, cruzarán cada día el umbral del Misterio, ese umbral que tiene el rostro y el nombre de Jesús. Nunca oculten esta puerta santa, no la cierren, no sean un obstáculo para el que quiere entrar. «No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden» (Lc 11,52): es el reproche amargo de Jesús a aquellos que escondieron la llave de un paso que debía ser accesible a todos.


Hoy más que nunca, especialmente cuando los números parecen marcar una distancia entre las personas y la Iglesia, ¡mantengan la puerta abierta! Dejen entrar y estén listos para salir. Es otro secreto para sus vidas: ustedes son un canal, no un filtro. Muchos creen que ya saben lo que hay detrás de ese umbral. Llevan consigo recuerdos, quizás de un pasado lejano; a menudo hay algo vivo que no se ha apagado y que los atrae; pero otras veces hay algo más, que aún sangra y provoca rechazo. El Señor lo sabe y espera. Sean reflejo de su paciencia y de su ternura. ¡Ustedes son de todos y para todos! Que este sea el perfil fundamental de su misión: mantener libre el umbral y señalarlo, sin necesidad de muchas palabras.


Por otra parte, Jesús insiste y precisa: «Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento» (Jn 10,9). Él no sofoca nuestra libertad. Hay afiliaciones que sofocan, compañías donde es fácil entrar y casi imposible salir. No es así la Iglesia del Señor, no es así la compañía de sus discípulos. Quien es salvado, dice Jesús, “entra, sale y encuentra su alimento”. Todos buscamos protección, descanso y cuidado: la puerta de la Iglesia está abierta. No para desentendernos de la vida; la vida no se agota en la parroquia, en la asociación, en el movimiento ni en el grupo. Quien es salvado “sale y encuentra su alimento”.


Queridos hermanos, salgan y encuéntrense con la cultura, con la gente, con la vida. Admiren aquello que Dios hace crecer sin que nosotros lo hayamos sembrado. Aquellos para quienes serán sacerdotes —fieles laicos y familias, jóvenes y ancianos, niños y enfermos— habitan praderas que ustedes deben conocer. A veces les parecerá que no tienen los mapas; pero los posee el Buen Pastor, del que tienen que escuchar su voz, tan familiar. ¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más hermoso de aquel que confía: «Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre» (Sal 23,2-3). Su nombre es Jesús, “Dios salva”. Ustedes son testigos de esto. «Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida» (v. 6).


Hermanos, hermanas, queridos jóvenes: ¡que así sea!

domingo, 19 de abril de 2026

HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA SANTA MISA EN KILAMBA, ANGOLA - 19 DE ABRIL 2026

 



Homilía del Papa León XIV en la Santa Misa en Kilamba, Angola

 Crédito: EWTN.

19 de abril de 2026



El Papa León XIV presidió la celebración de la Misa en la explanada de Kilamba en su segundo día de viaje apostólico a Angola, este 19 de abril. En su homilía, el Santo Padre se refirió a “los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza” que enfrenta el país, subrayando que estas situaciones “reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos”.


A continuación, el texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Misa en Kilamba:


Queridos hermanos y hermanas:

Con el corazón lleno de gratitud celebro la Eucaristía entre ustedes. Gracias a Dios por este don y gracias a ustedes por la cálida bienvenida que me han brindado.

En este tercer domingo de pascua el Señor nos ha hablado con el Evangelio de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Dejémonos iluminar por esta Palabra de vida.

Dos discípulos del Señor, con el corazón lastimado y triste, salen de Jerusalén para regresar a Emaús, su aldea. Vieron morir a aquel Jesús en el que habían confiado y al que habían seguido y, ahora, decepcionados y derrotados, regresan a sus casas. «En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido» (v. 14); Necesitan hablar de ello, volver a contarse lo que han visto, compartir lo que han vivido, aunque corran el riesgo de quedarse atrapados en el dolor, cerrados a la esperanza.


Hermanos y hermanas, en esta escena inicial del Evangelio veo reflejada la historia de Angola, de este país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad. En efecto, la conversación de los dos discípulos mientras caminan, recordando con tristeza lo que le ha sucedido a su Maestro, nos trae a la memoria el dolor que ha marcado a este país: una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza.


Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo. Ellos caminan, sin embargo, siguen detenidos en los hechos ocurridos tres días antes, cuando vieron morir a Jesús; conversan entre ellos, pero sin esperanza de encontrar una salida; continúan hablando de lo que ha sucedido, con la angustia de quienes no saben cómo volver a empezar, ni si es posible hacerlo.


Queridos hermanos, la Buena Nueva del Señor, también hoy para nosotros, es precisamente esta: Él está vivo, ha resucitado y va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro.


El Señor se acerca a los dos discípulos desanimados y sin esperanza y, al hacerse su compañero de camino, los ayuda a recomponer los fragmentos de aquella historia, a mirar más allá del dolor, a descubrirles que no están solos en el camino y que les espera un futuro en el que sigue habitando el Dios del amor. Y cuando Él se detiene a cenar con ellos, se sienta a la mesa y parte el pan, entonces «los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron» (v. 31).


Para nosotros, y también para ustedes, queridos hermanos y hermanas angoleños, queda así trazado el camino para volver a empezar: por un lado, la certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros; por otro, el compromiso que Él nos pide.


Experimentamos la compañía del Señor sobre todo en la relación con Él, en la oración, en la escucha de su Palabra, que hace arder nuestro corazón como el de los dos discípulos, y sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Es aquí donde nos encontramos con Dios. Por eso, hay que estar siempre atentos a aquellas formas de religiosidad tradicional que, sin duda, pertenecen a las raíces de la cultura de ustedes, pero que, al mismo tiempo, suponen el riesgo de confundir y mezclar elementos mágicos y supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual. Permanezcan fieles a lo que enseña la Iglesia, confíen en sus Pastores y mantengan la mirada fija en Jesús, que se revela especialmente en la Palabra y en la Eucaristía. En ambas percibimos que el Señor Resucitado camina a nuestro lado y, unidos a Él, también nosotros vencemos la muerte que nos asedia y vivimos como resucitados.


A esta certeza de no estar solos en el camino se añade también un compromiso generoso capaz de aliviar las heridas y reavivar la esperanza. En efecto, si los dos discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando parte el pan para ellos, eso significa que también nosotros debemos reconocerlo así: no sólo en la Eucaristía, sino en cualquier lugar donde haya una vida que se convierta en pan partido, en cualquier lugar donde alguien se haga don de compasión como Él.


La historia de su país, las consecuencias aún difíciles que deben soportar, los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos. Una Iglesia que, con la luz de la Palabra y el alimento de la Eucaristía, sepa reavivar la esperanza perdida. Una Iglesia formada por personas como ustedes, que se entregan tal y como Jesús partió el pan para los dos discípulos de Emaús. Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan.


Con la gracia de Cristo Resucitado podemos convertirnos en ese pan partido que transforma la realidad. Y así como la Eucaristía nos recuerda que somos un solo cuerpo y un solo espíritu, unidos al único Señor, también nosotros podemos y queremos construir un país en el que se superen para siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia, en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y el compartir. Sólo así será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido.


Hermanos y hermanas, hoy es necesario mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro. No tengan miedo de hacerlo. Jesús Resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como pan partido, los anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad.


Queridos hermanos, en este camino pueden contar con la cercanía y la oración del Papa. Pero también yo sé que puedo contar con ustedes, y se lo agradezco. Los encomiendo a la protección y a la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de Muxima, para que siempre los sostenga en la fe, la esperanza y la caridad. 

domingo, 5 de abril de 2026

TEXTO COMPLETO: HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV DURANTE LA MISA DE PASCUA DE RESURRECCIÓN 2026

 


 TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV durante la Misa de Pascua de Resurreción

 Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News

5 de abril de 2026


El Papa León XIV presidió este domingo la Misa de Pascua en la Plaza de San Pedro, ante cientos de fieles llegados de todas las partes del mundo. Lea aquí la homilía completa:


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!

Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la esperanza que no desfallece, a la luz que no se apaga, a esa plenitud de alegría que nada puede borrar: ¡la muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros!

Este es un mensaje que no siempre es fácil de acoger, una promesa que nos cuesta aceptar, porque el poder de la muerte nos amenaza siempre, dentro y fuera.

Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida.

Pero también fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles.

La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, ante la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.


En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando en nuestro espíritu y en el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone en movimiento como a María Magdalena y como a los Apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto, en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva vida que surge.


El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de resquicios de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida.

Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado.

Así nos lo recordaba con palabras conmovedoras el Papa Francisco, en su primera Exhortación apostólica, Evangelii gaudium, afirmando que la resurrección de Cristo «no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo.


Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Es verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (n. 276).


Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: «El primer día de la semana» (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad.

La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo adversario.

Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados con Cristo, quienes debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María Magdalena, anunciémoslo a todos; llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la vida.


Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA VIGILIA PASCUAL 2026

 



 Texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Vigilia Pascual

 Crédito: EWTN / ACI Prensa

4 de abril de 2026



Te ofrecemos el texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Vigilia Pascual de este Sábado Santo en la Basílica de San Pedro en el Vaticano.


«Esta noche santa [...] expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos» (Pregón pascual). Así, queridos hermanos y hermanas, el diácono, al comienzo de esta celebración, ha alabado la luz de Cristo Resucitado, simbolizada en el Cirio pascual.


De este único Cirio todos hemos encendido nuestras luces y, llevando cada uno una pequeña llama tomada del mismo fuego, hemos iluminado esta gran basílica. Es el signo de la luz pascual, que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo.


Al anuncio del diácono hemos respondido “amén”, afirmando nuestro compromiso de abrazar esta misión, y dentro de poco repetiremos nuestro “sí” renovando las promesas bautismales.


Queridos hermanos, esta es una Vigilia llena de luz, la más antigua de la tradición cristiana, llamada “madre de todas las vigilias”. En ella revivimos el memorial de la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno. Lo hacemos después de haber recorrido, en los últimos días, como en una única gran celebración, los misterios de la Pasión del Dios hecho para nosotros «varón de dolores» (Is 53,3), «despreciado y desechado por los hombres» (ibíd.), torturado y crucificado.


¿Hay una caridad más grande, una gratuidad más total? El Resucitado es el mismo Creador del universo que, así como en los albores de la historia nos dio la existencia de la nada, así también en la cruz, para mostrarnos su amor sin límites, nos ha dado la vida.


Dios creó el cielo y la tierra (cf. Gn 1,1), sacando del caos el cosmos, del desorden la armonía, y confiándonos a nosotros, hechos a su imagen y semejanza, la tarea de ser sus custodios. Y también cuando, con el pecado, el hombre no correspondió a ese proyecto, el Señor no lo abandonó, sino que le reveló de un modo aún más sorprendente, en el perdón, su rostro misericordioso.


Esta «noche santa», entonces, hunde sus raíces también allí donde se consumó el primer fracaso de la humanidad, y se extiende a lo largo de los siglos como camino de reconciliación y de gracia.


De ese camino, la liturgia nos ha propuesto algunas etapas a través de los textos sagrados que hemos escuchado. Nos ha recordado cómo Dios detuvo la mano de Abraham, dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, para indicarnos que no quiere nuestra muerte, sino más bien que nos consagremos a ser, en sus manos, miembros vivos de una descendencia de salvados (cf. Gn 22,11- 12.15-18).


Así mismo, nos ha invitado a reflexionar sobre cómo el Señor liberó a los israelitas de la esclavitud de Egipto, haciendo del mar, lugar de muerte y obstáculo insuperable, la puerta de entrada para el comienzo de una vida nueva y libre.


Y el mismo mensaje ha resonado como un eco en las palabras de los profetas, en las que hemos escuchado las alabanzas del Señor como esposo que llama y reúne (cf. Is 54,5-7), fuente que sacia, agua que fecunda (cf. Is 55,1.10), luz que muestra el camino de la paz (cf. Ba 3,14), Espíritu que transforma y renueva el corazón (Ez 36,26).


En todos estos momentos de la historia de la salvación hemos visto cómo Dios, ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida.


Los hemos evocado juntos, intercalando el relato con salmos y oraciones, para recordarnos que, por la Pascua de Cristo, «sepultados con él en la muerte [...] también nosotros llevemos una Vida nueva [...] muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,4-11), consagrados en el Bautismo al amor del Padre, unidos en la comunión de los santos, hechos por gracia piedras vivas para la construcción de su Reino (cf. 1 P 2,4-5).


A la luz de todo esto leemos el relato de la Resurrección, que hemos escuchado en el Evangelio según san Mateo. La mañana de Pascua, las mujeres, venciendo el dolor y el miedo, se pusieron en camino. Querían ir al sepulcro de Jesús. Esperaban encontrarlo sellado, con una gran piedra en la entrada y soldados haciendo guardia. Esto es el pecado: una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza.


María de Magdala y la otra María, sin embargo, no se dejaron intimidar. Fueron al sepulcro y, gracias a su fe y a su amor, fueron las primeras testigos de la Resurrección. En el terremoto y en el ángel, sentado sobre la roca volcada, vieron la potencia del amor de Dios, más fuerte que cualquier poder del mal, capaz de “expulsar el odio” y de “doblegar a los poderosos”.


El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, va más allá de la muerte y ningún sepulcro la puede aprisionar. Así, el Crucificado reinó desde la cruz, el ángel se sentó sobre la piedra y Jesús vivo se presentó ante ellas diciendo: «Alégrense» (Mt 28,9).


También este, queridos hermanos, es hoy nuestro mensaje al mundo, el encuentro del que queremos dar testimonio, con las palabras de la fe y con las obras de la caridad, cantando con la vida el “aleluya” que proclamamos con los labios (cf. SAN AGUSTÍN, Sermón 256, 1).


Al igual que las mujeres, que corrieron a anunciarlo a los hermanos, también nosotros queremos partir esta noche, desde esta basílica, para llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad, como «muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo» (S. AGUSTÍN, Comentarios a los Salmos 127,3).


A esta misión se consagran los hermanos y hermanas que, aquí presentes, procedentes de diversas partes del mundo, recibirán en breve el Bautismo. Tras el largo camino del catecumenado, hoy renacen en Cristo para ser criaturas nuevas (cf. 2 Co 5,17), testigos del Evangelio.


Por ellos, y por todos nosotros, repetimos lo que San Agustín decía a los cristianos de su tiempo: «Anuncia a Cristo; siembra [...]. Esparce el Evangelio; lo que has concebido en tu corazón» (Sermón 116, 7).


Hermanas y hermanos, tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor; otras, consecuencia de las primeras, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones. ¡No dejemos que nos paralicen!


Muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios, las han removido, quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos. No son personajes inalcanzables, sino personas como nosotros que, fortalecidas por la gracia del Resucitado, en la caridad y en la verdad, tuvieron el valor de hablar, como dice el apóstol Pedro, con «palabras de Dios» (1 P 4,11) y de actuar «como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas» (ibíd.).


Dejémonos inspirar por su ejemplo y, en esta Noche Santa, hagamos nuestro su compromiso, para que en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz.

domingo, 29 de marzo de 2026

TEXTO COMPLETO: HOMILÍA DE LA MISA DEL PAPA LEÓN XIV EN EL DOMINGO DE RAMOS 2026

 



TEXTO COMPLETO: Homilía de la Misa del Papa León XIV en el Domingo de Ramos

 Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News

29 de marzo de 2026



El Papa celebró la Misa del Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro: el gran portal que abre la puerta a la Semana Santa. Lea aquí la homilía completa:


Queridos hermanos y hermanas:

Mientras Jesús recorre el camino de la cruz, nos ponemos detrás de Él y seguimos sus pasos. Y al caminar con Él, contemplamos su pasión por la humanidad, su corazón que se rompe, su vida que se convierte en un regalo de amor.


Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte.


Como Rey de la paz, Jesús quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él «es nuestra paz » (Ef 2,14).


Como Rey de la paz, entra en Jerusalén montado en un asno, no en un caballo, cumpliendo así la antigua profecía que invitaba a regocijarse por la llegada del Mesías: «Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de una asna. Él suprimirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será suprimido y proclamará la paz a las naciones» (Za 9,9-10).


Como Rey de la paz, cuando uno de sus discípulos desenvaina la espada para defenderlo y hiere al siervo del sumo sacerdote, Él lo detiene de inmediato diciendo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere» (Mt 26,52).


Como Rey de la paz, mientras cargaba con nuestros sufrimientos y era traspasado por nuestras culpas, Él «se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca» (Is 53,7). No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra.


Mostró el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia y en lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad.


Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).


Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy. En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra.


Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!


Con las palabras del siervo de Dios, el obispo Tonino Bello, quisiera confiar este clamor a María Santísima, que está bajo la cruz de su Hijo y llora también a los pies de los crucificados de hoy:


“Santa María, mujer del tercer día, danos la certeza de que, a pesar de todo, la muerte ya no tendrá poder sobre nosotros. Que los días de las injusticias de los pueblos están contados. Que los destellos de las guerras se están reduciendo a luces crepusculares. Que los sufrimientos de los pobres han llegado a sus últimos estertores. [...] Y que, por fin, las lágrimas de todas las víctimas de la violencia y el dolor pronto se secarán, como la escarcha bajo el sol de la primavera” (cf. Maria, donna dei nostri giorni). 

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