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domingo, 26 de abril de 2026

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA MISA DEL IV DOMINGO DE PASCUA

  


TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV en la Misa del IV Domingo de Pascua

Daniel Ibañez/EWTN News

26 de abril de 2026



El Papa León XIV ordenó este IV Domingo de Pascua a diez nuevos sacerdotes y les exhortó a mantener siempre la puerta de la Iglesia “abierta”.


Durante el rito inicial, el cardenal vicario de Roma, Baldo Reina, solicitó formalmente la ordenación de los candidatos.

"¿Es cierto que son dignos?", preguntó León XIV, a lo que el purpurado respondió: "De las informaciones recogidas entre el pueblo cristiano y según el juicio de quienes han guiado su formación, puedo afirmar que son dignos".


Lea aquí el texto completo de la homilía que pronunció el Pontífice.

Queridos hermanos y hermanas:

¡Este es un domingo lleno de vida! Aunque la muerte nos rodea, la promesa de Jesús ya se cumple: «Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). En la disponibilidad de los jóvenes que la Iglesia hoy pide que sean ordenados presbíteros constatamos mucha generosidad y entusiasmo. Al reunirnos, tan numerosos y diferentes, en torno al único Maestro, advertimos una fuerza que nos renueva. Es el Espíritu Santo, que une personas y vocaciones en la libertad, de modo que ninguno viva más para sí mismo. El domingo —cada domingo— nos llama a salir del “sepulcro” del aislamiento y de la cerrazón para encontrarnos en el jardín de la comunión, del que el Resucitado es el guardián.


El servicio del sacerdote, al que la llamada de estos hermanos nos invita a reflexionar, es un ministerio de comunión. De hecho, la “vida en abundancia” llega a nosotros en el personalísimo encuentro con la persona del Hijo, pero de inmediato abre nuestros ojos a un pueblo de hermanos y hermanas que ya experimentan, o que todavía están buscando, el «poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Este es un primer secreto en la vida del sacerdote. Queridos ordenandos, cuanto más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad. No hay contraposición, ni competición entre el cielo y la tierra; en Jesús se unen para siempre. Este misterio vivo y dinámico compromete el corazón a un amor indisoluble; lo compromete y lo llena.


Ciertamente, como el amor de los esposos, también el amor que inspira el celibato por el Reino de Dios debe cuidarse y renovarse siempre, porque todo afecto verdadero madura y se vuelve fecundo con el tiempo. Están llamados a un modo de amar específico, delicado y difícil y, aún más, a un modo de dejarse amar en la libertad. Un modo que podrá hacer de ustedes, no sólo buenos sacerdotes, sino también ciudadanos honestos, disponibles, constructores de paz y de amistad social.


A este respecto, en el Evangelio que acabamos de proclamar (Jn 10,1-10) sorprende la referencia de Jesús a figuras y a gestos de agresión: entre él y aquellos que ama irrumpen extraños, ladrones y asaltantes que exceden los límites, no vienen «sino para robar, matar y destruir» (v. 10) y, sobre todo, tienen una voz diferente a la suya, irreconocible (cf. v. 5). Hay un gran realismo en las palabras del Señor: conoce la crueldad del mundo en el que camina con nosotros. Con sus palabras evoca formas de agresión física, pero sobre todo espiritual. Sin embargo, esto no lo disuade de dar la vida. La denuncia no se vuelve renuncia, el peligro no lleva a la fuga. Este es un segundo secreto del sacerdote: la realidad no debe darnos miedo. El que nos llama es el Señor de la vida. Que el ministerio que se les confía, queridos hermanos, comunique la paz del que, aun en medio de peligros, sabe por qué se siente seguro.


Hoy la necesidad de seguridad vuelve los ánimos agresivos, encierra a las comunidades en sí mismas, instiga a buscar enemigos y chivos expiatorios. A menudo hay miedo a nuestro alrededor y quizás también dentro de nosotros. Que su seguridad no resida en el rol que desempeñan, sino en la vida, muerte y resurrección de Jesús, en la historia de salvación en la que participan con su pueblo. Es una salvación que ya actúa en tanto bien que se hace silenciosamente, entre personas de buena voluntad, en las parroquias y en los ambientes a los que ustedes se harán cercanos, como compañeros de viaje. Lo que anuncian y celebran los protegerá también en situaciones y en tiempos difíciles.


Las comunidades a las que serán enviados son lugares donde el Resucitado ya está presente, donde muchos ya lo han seguido de manera ejemplar. Reconocerán sus llagas, distinguirán su voz, encontrarán a quienes se lo indicarán. Son comunidades que los ayudarán también a ustedes a ser santos. Y ustedes ayúdenlas a caminar unidas en pos de Jesús, el Buen Pastor, para que sean lugares —jardines— de la vida que renace y se comunica. Con frecuencia, lo que les falta a las personas es un lugar donde experimentar que juntos es mejor, que juntos es hermoso, que es posible vivir juntos. Facilitar el encuentro, ayudar a reunirse con quienes de otro modo no se conocerían nunca y acercar a los contrarios está íntimamente unido a la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación. Reunir es, siempre y nuevamente, establecer la Iglesia.


Es significativa una imagen en el Evangelio con la que Jesús, en un cierto momento, comienza a hablar de sí mismo. Se estaba describiendo como el “pastor”, pero parece que quienes lo escuchan no lo entienden; entonces, cambia la metáfora: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10,7). En Jerusalén había una puerta que se llamaba precisamente así, “la puerta de las ovejas”, cerca de la piscina de Betsaida. Por allí entraban en el templo las ovejas y los corderos, antes de ser sumergidos en el agua y luego destinados a los sacrificios. Es espontáneo pensar en el Bautismo.


«Yo soy la puerta», dice Jesús. El Jubileo nos ha mostrado cómo esta imagen sigue hablando al corazón de millones de personas. Durante siglos la puerta —a menudo un auténtico portal— ha invitado a cruzar el umbral de la Iglesia. En algunos casos, la fuente bautismal se construía en el exterior, como la antigua piscina probática, bajo cuyos pórticos «yacía una multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos» (Jn 5,3). Queridos ordenandos, siéntanse parte de esta humanidad que sufre y que espera la vida en abundancia. Al iniciar a otros en la fe, reavivarán la propia fe. Junto con los otros bautizados, cruzarán cada día el umbral del Misterio, ese umbral que tiene el rostro y el nombre de Jesús. Nunca oculten esta puerta santa, no la cierren, no sean un obstáculo para el que quiere entrar. «No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden» (Lc 11,52): es el reproche amargo de Jesús a aquellos que escondieron la llave de un paso que debía ser accesible a todos.


Hoy más que nunca, especialmente cuando los números parecen marcar una distancia entre las personas y la Iglesia, ¡mantengan la puerta abierta! Dejen entrar y estén listos para salir. Es otro secreto para sus vidas: ustedes son un canal, no un filtro. Muchos creen que ya saben lo que hay detrás de ese umbral. Llevan consigo recuerdos, quizás de un pasado lejano; a menudo hay algo vivo que no se ha apagado y que los atrae; pero otras veces hay algo más, que aún sangra y provoca rechazo. El Señor lo sabe y espera. Sean reflejo de su paciencia y de su ternura. ¡Ustedes son de todos y para todos! Que este sea el perfil fundamental de su misión: mantener libre el umbral y señalarlo, sin necesidad de muchas palabras.


Por otra parte, Jesús insiste y precisa: «Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento» (Jn 10,9). Él no sofoca nuestra libertad. Hay afiliaciones que sofocan, compañías donde es fácil entrar y casi imposible salir. No es así la Iglesia del Señor, no es así la compañía de sus discípulos. Quien es salvado, dice Jesús, “entra, sale y encuentra su alimento”. Todos buscamos protección, descanso y cuidado: la puerta de la Iglesia está abierta. No para desentendernos de la vida; la vida no se agota en la parroquia, en la asociación, en el movimiento ni en el grupo. Quien es salvado “sale y encuentra su alimento”.


Queridos hermanos, salgan y encuéntrense con la cultura, con la gente, con la vida. Admiren aquello que Dios hace crecer sin que nosotros lo hayamos sembrado. Aquellos para quienes serán sacerdotes —fieles laicos y familias, jóvenes y ancianos, niños y enfermos— habitan praderas que ustedes deben conocer. A veces les parecerá que no tienen los mapas; pero los posee el Buen Pastor, del que tienen que escuchar su voz, tan familiar. ¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más hermoso de aquel que confía: «Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre» (Sal 23,2-3). Su nombre es Jesús, “Dios salva”. Ustedes son testigos de esto. «Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida» (v. 6).


Hermanos, hermanas, queridos jóvenes: ¡que así sea!

domingo, 19 de abril de 2026

HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA SANTA MISA EN KILAMBA, ANGOLA - 19 DE ABRIL 2026

 



Homilía del Papa León XIV en la Santa Misa en Kilamba, Angola

 Crédito: EWTN.

19 de abril de 2026



El Papa León XIV presidió la celebración de la Misa en la explanada de Kilamba en su segundo día de viaje apostólico a Angola, este 19 de abril. En su homilía, el Santo Padre se refirió a “los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza” que enfrenta el país, subrayando que estas situaciones “reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos”.


A continuación, el texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Misa en Kilamba:


Queridos hermanos y hermanas:

Con el corazón lleno de gratitud celebro la Eucaristía entre ustedes. Gracias a Dios por este don y gracias a ustedes por la cálida bienvenida que me han brindado.

En este tercer domingo de pascua el Señor nos ha hablado con el Evangelio de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Dejémonos iluminar por esta Palabra de vida.

Dos discípulos del Señor, con el corazón lastimado y triste, salen de Jerusalén para regresar a Emaús, su aldea. Vieron morir a aquel Jesús en el que habían confiado y al que habían seguido y, ahora, decepcionados y derrotados, regresan a sus casas. «En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido» (v. 14); Necesitan hablar de ello, volver a contarse lo que han visto, compartir lo que han vivido, aunque corran el riesgo de quedarse atrapados en el dolor, cerrados a la esperanza.


Hermanos y hermanas, en esta escena inicial del Evangelio veo reflejada la historia de Angola, de este país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad. En efecto, la conversación de los dos discípulos mientras caminan, recordando con tristeza lo que le ha sucedido a su Maestro, nos trae a la memoria el dolor que ha marcado a este país: una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza.


Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo. Ellos caminan, sin embargo, siguen detenidos en los hechos ocurridos tres días antes, cuando vieron morir a Jesús; conversan entre ellos, pero sin esperanza de encontrar una salida; continúan hablando de lo que ha sucedido, con la angustia de quienes no saben cómo volver a empezar, ni si es posible hacerlo.


Queridos hermanos, la Buena Nueva del Señor, también hoy para nosotros, es precisamente esta: Él está vivo, ha resucitado y va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro.


El Señor se acerca a los dos discípulos desanimados y sin esperanza y, al hacerse su compañero de camino, los ayuda a recomponer los fragmentos de aquella historia, a mirar más allá del dolor, a descubrirles que no están solos en el camino y que les espera un futuro en el que sigue habitando el Dios del amor. Y cuando Él se detiene a cenar con ellos, se sienta a la mesa y parte el pan, entonces «los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron» (v. 31).


Para nosotros, y también para ustedes, queridos hermanos y hermanas angoleños, queda así trazado el camino para volver a empezar: por un lado, la certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros; por otro, el compromiso que Él nos pide.


Experimentamos la compañía del Señor sobre todo en la relación con Él, en la oración, en la escucha de su Palabra, que hace arder nuestro corazón como el de los dos discípulos, y sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Es aquí donde nos encontramos con Dios. Por eso, hay que estar siempre atentos a aquellas formas de religiosidad tradicional que, sin duda, pertenecen a las raíces de la cultura de ustedes, pero que, al mismo tiempo, suponen el riesgo de confundir y mezclar elementos mágicos y supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual. Permanezcan fieles a lo que enseña la Iglesia, confíen en sus Pastores y mantengan la mirada fija en Jesús, que se revela especialmente en la Palabra y en la Eucaristía. En ambas percibimos que el Señor Resucitado camina a nuestro lado y, unidos a Él, también nosotros vencemos la muerte que nos asedia y vivimos como resucitados.


A esta certeza de no estar solos en el camino se añade también un compromiso generoso capaz de aliviar las heridas y reavivar la esperanza. En efecto, si los dos discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando parte el pan para ellos, eso significa que también nosotros debemos reconocerlo así: no sólo en la Eucaristía, sino en cualquier lugar donde haya una vida que se convierta en pan partido, en cualquier lugar donde alguien se haga don de compasión como Él.


La historia de su país, las consecuencias aún difíciles que deben soportar, los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos. Una Iglesia que, con la luz de la Palabra y el alimento de la Eucaristía, sepa reavivar la esperanza perdida. Una Iglesia formada por personas como ustedes, que se entregan tal y como Jesús partió el pan para los dos discípulos de Emaús. Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan.


Con la gracia de Cristo Resucitado podemos convertirnos en ese pan partido que transforma la realidad. Y así como la Eucaristía nos recuerda que somos un solo cuerpo y un solo espíritu, unidos al único Señor, también nosotros podemos y queremos construir un país en el que se superen para siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia, en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y el compartir. Sólo así será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido.


Hermanos y hermanas, hoy es necesario mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro. No tengan miedo de hacerlo. Jesús Resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como pan partido, los anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad.


Queridos hermanos, en este camino pueden contar con la cercanía y la oración del Papa. Pero también yo sé que puedo contar con ustedes, y se lo agradezco. Los encomiendo a la protección y a la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de Muxima, para que siempre los sostenga en la fe, la esperanza y la caridad. 

domingo, 5 de abril de 2026

TEXTO COMPLETO: HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV DURANTE LA MISA DE PASCUA DE RESURRECCIÓN 2026

 


 TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV durante la Misa de Pascua de Resurreción

 Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News

5 de abril de 2026


El Papa León XIV presidió este domingo la Misa de Pascua en la Plaza de San Pedro, ante cientos de fieles llegados de todas las partes del mundo. Lea aquí la homilía completa:


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!

Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la esperanza que no desfallece, a la luz que no se apaga, a esa plenitud de alegría que nada puede borrar: ¡la muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros!

Este es un mensaje que no siempre es fácil de acoger, una promesa que nos cuesta aceptar, porque el poder de la muerte nos amenaza siempre, dentro y fuera.

Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida.

Pero también fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles.

La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, ante la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.


En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando en nuestro espíritu y en el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone en movimiento como a María Magdalena y como a los Apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto, en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva vida que surge.


El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de resquicios de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida.

Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado.

Así nos lo recordaba con palabras conmovedoras el Papa Francisco, en su primera Exhortación apostólica, Evangelii gaudium, afirmando que la resurrección de Cristo «no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo.


Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Es verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (n. 276).


Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: «El primer día de la semana» (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad.

La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo adversario.

Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados con Cristo, quienes debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María Magdalena, anunciémoslo a todos; llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la vida.


Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA VIGILIA PASCUAL 2026

 



 Texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Vigilia Pascual

 Crédito: EWTN / ACI Prensa

4 de abril de 2026



Te ofrecemos el texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Vigilia Pascual de este Sábado Santo en la Basílica de San Pedro en el Vaticano.


«Esta noche santa [...] expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos» (Pregón pascual). Así, queridos hermanos y hermanas, el diácono, al comienzo de esta celebración, ha alabado la luz de Cristo Resucitado, simbolizada en el Cirio pascual.


De este único Cirio todos hemos encendido nuestras luces y, llevando cada uno una pequeña llama tomada del mismo fuego, hemos iluminado esta gran basílica. Es el signo de la luz pascual, que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo.


Al anuncio del diácono hemos respondido “amén”, afirmando nuestro compromiso de abrazar esta misión, y dentro de poco repetiremos nuestro “sí” renovando las promesas bautismales.


Queridos hermanos, esta es una Vigilia llena de luz, la más antigua de la tradición cristiana, llamada “madre de todas las vigilias”. En ella revivimos el memorial de la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno. Lo hacemos después de haber recorrido, en los últimos días, como en una única gran celebración, los misterios de la Pasión del Dios hecho para nosotros «varón de dolores» (Is 53,3), «despreciado y desechado por los hombres» (ibíd.), torturado y crucificado.


¿Hay una caridad más grande, una gratuidad más total? El Resucitado es el mismo Creador del universo que, así como en los albores de la historia nos dio la existencia de la nada, así también en la cruz, para mostrarnos su amor sin límites, nos ha dado la vida.


Dios creó el cielo y la tierra (cf. Gn 1,1), sacando del caos el cosmos, del desorden la armonía, y confiándonos a nosotros, hechos a su imagen y semejanza, la tarea de ser sus custodios. Y también cuando, con el pecado, el hombre no correspondió a ese proyecto, el Señor no lo abandonó, sino que le reveló de un modo aún más sorprendente, en el perdón, su rostro misericordioso.


Esta «noche santa», entonces, hunde sus raíces también allí donde se consumó el primer fracaso de la humanidad, y se extiende a lo largo de los siglos como camino de reconciliación y de gracia.


De ese camino, la liturgia nos ha propuesto algunas etapas a través de los textos sagrados que hemos escuchado. Nos ha recordado cómo Dios detuvo la mano de Abraham, dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, para indicarnos que no quiere nuestra muerte, sino más bien que nos consagremos a ser, en sus manos, miembros vivos de una descendencia de salvados (cf. Gn 22,11- 12.15-18).


Así mismo, nos ha invitado a reflexionar sobre cómo el Señor liberó a los israelitas de la esclavitud de Egipto, haciendo del mar, lugar de muerte y obstáculo insuperable, la puerta de entrada para el comienzo de una vida nueva y libre.


Y el mismo mensaje ha resonado como un eco en las palabras de los profetas, en las que hemos escuchado las alabanzas del Señor como esposo que llama y reúne (cf. Is 54,5-7), fuente que sacia, agua que fecunda (cf. Is 55,1.10), luz que muestra el camino de la paz (cf. Ba 3,14), Espíritu que transforma y renueva el corazón (Ez 36,26).


En todos estos momentos de la historia de la salvación hemos visto cómo Dios, ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida.


Los hemos evocado juntos, intercalando el relato con salmos y oraciones, para recordarnos que, por la Pascua de Cristo, «sepultados con él en la muerte [...] también nosotros llevemos una Vida nueva [...] muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,4-11), consagrados en el Bautismo al amor del Padre, unidos en la comunión de los santos, hechos por gracia piedras vivas para la construcción de su Reino (cf. 1 P 2,4-5).


A la luz de todo esto leemos el relato de la Resurrección, que hemos escuchado en el Evangelio según san Mateo. La mañana de Pascua, las mujeres, venciendo el dolor y el miedo, se pusieron en camino. Querían ir al sepulcro de Jesús. Esperaban encontrarlo sellado, con una gran piedra en la entrada y soldados haciendo guardia. Esto es el pecado: una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza.


María de Magdala y la otra María, sin embargo, no se dejaron intimidar. Fueron al sepulcro y, gracias a su fe y a su amor, fueron las primeras testigos de la Resurrección. En el terremoto y en el ángel, sentado sobre la roca volcada, vieron la potencia del amor de Dios, más fuerte que cualquier poder del mal, capaz de “expulsar el odio” y de “doblegar a los poderosos”.


El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, va más allá de la muerte y ningún sepulcro la puede aprisionar. Así, el Crucificado reinó desde la cruz, el ángel se sentó sobre la piedra y Jesús vivo se presentó ante ellas diciendo: «Alégrense» (Mt 28,9).


También este, queridos hermanos, es hoy nuestro mensaje al mundo, el encuentro del que queremos dar testimonio, con las palabras de la fe y con las obras de la caridad, cantando con la vida el “aleluya” que proclamamos con los labios (cf. SAN AGUSTÍN, Sermón 256, 1).


Al igual que las mujeres, que corrieron a anunciarlo a los hermanos, también nosotros queremos partir esta noche, desde esta basílica, para llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad, como «muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo» (S. AGUSTÍN, Comentarios a los Salmos 127,3).


A esta misión se consagran los hermanos y hermanas que, aquí presentes, procedentes de diversas partes del mundo, recibirán en breve el Bautismo. Tras el largo camino del catecumenado, hoy renacen en Cristo para ser criaturas nuevas (cf. 2 Co 5,17), testigos del Evangelio.


Por ellos, y por todos nosotros, repetimos lo que San Agustín decía a los cristianos de su tiempo: «Anuncia a Cristo; siembra [...]. Esparce el Evangelio; lo que has concebido en tu corazón» (Sermón 116, 7).


Hermanas y hermanos, tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor; otras, consecuencia de las primeras, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones. ¡No dejemos que nos paralicen!


Muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios, las han removido, quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos. No son personajes inalcanzables, sino personas como nosotros que, fortalecidas por la gracia del Resucitado, en la caridad y en la verdad, tuvieron el valor de hablar, como dice el apóstol Pedro, con «palabras de Dios» (1 P 4,11) y de actuar «como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas» (ibíd.).


Dejémonos inspirar por su ejemplo y, en esta Noche Santa, hagamos nuestro su compromiso, para que en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz.

domingo, 29 de marzo de 2026

TEXTO COMPLETO: HOMILÍA DE LA MISA DEL PAPA LEÓN XIV EN EL DOMINGO DE RAMOS 2026

 



TEXTO COMPLETO: Homilía de la Misa del Papa León XIV en el Domingo de Ramos

 Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News

29 de marzo de 2026



El Papa celebró la Misa del Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro: el gran portal que abre la puerta a la Semana Santa. Lea aquí la homilía completa:


Queridos hermanos y hermanas:

Mientras Jesús recorre el camino de la cruz, nos ponemos detrás de Él y seguimos sus pasos. Y al caminar con Él, contemplamos su pasión por la humanidad, su corazón que se rompe, su vida que se convierte en un regalo de amor.


Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte.


Como Rey de la paz, Jesús quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él «es nuestra paz » (Ef 2,14).


Como Rey de la paz, entra en Jerusalén montado en un asno, no en un caballo, cumpliendo así la antigua profecía que invitaba a regocijarse por la llegada del Mesías: «Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de una asna. Él suprimirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será suprimido y proclamará la paz a las naciones» (Za 9,9-10).


Como Rey de la paz, cuando uno de sus discípulos desenvaina la espada para defenderlo y hiere al siervo del sumo sacerdote, Él lo detiene de inmediato diciendo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere» (Mt 26,52).


Como Rey de la paz, mientras cargaba con nuestros sufrimientos y era traspasado por nuestras culpas, Él «se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca» (Is 53,7). No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra.


Mostró el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia y en lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad.


Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).


Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy. En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra.


Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!


Con las palabras del siervo de Dios, el obispo Tonino Bello, quisiera confiar este clamor a María Santísima, que está bajo la cruz de su Hijo y llora también a los pies de los crucificados de hoy:


“Santa María, mujer del tercer día, danos la certeza de que, a pesar de todo, la muerte ya no tendrá poder sobre nosotros. Que los días de las injusticias de los pueblos están contados. Que los destellos de las guerras se están reduciendo a luces crepusculares. Que los sufrimientos de los pobres han llegado a sus últimos estertores. [...] Y que, por fin, las lágrimas de todas las víctimas de la violencia y el dolor pronto se secarán, como la escarcha bajo el sol de la primavera” (cf. Maria, donna dei nostri giorni). 

domingo, 22 de marzo de 2026

EL PAPA LEÓN XIV: NADA DE LO CREADO PUEDE SACIAR NUESTRA SED INTERIOR, PORQUE ESTAMOS HECHOS PARA DIOS

 


 

El Papa León XIV: “Nada de lo creado puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios”

El Papa León XIV. | Crédito: Daniel Ibáñez / EWTN News.

Por Eduardo Berdejo

22 de marzo de 2026



En sus palabras previas al rezo del Ángelus, el Papa León XIV recordó que la fama y los bienes materiales no pueden saciar la sed de infinito del ser humano, porque este ha sido creado para Dios y sólo en Él podrá hallar la paz.


Desde el balcón del Palacio Apostólico, el Santo Padre destacó que en el quinto domingo de Cuaresma el Evangelio recuerda el episodio de la resurrección de Lázaro, “un signo que habla de la victoria de Cristo sobre la muerte y del don de la vida eterna que recibimos en el Bautismo”.

“Hoy Jesús nos dice también a nosotros, al igual que a Marta, la hermana de Lázaro: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás’”, dijo el Papa.

“La liturgia nos invita así a revivir, a la luz de la inminente celebración de la Semana Santa, los acontecimientos de la Pasión del Señor —la entrada en Jerusalén, la última cena, el juicio, la crucifixión, el entierro— para percibir su sentido más auténtico y abrirnos al don de la gracia que contienen”, afirmó.

León XIV explicó que “de hecho, es en Cristo Resucitado, que vence a la muerte y que vive en nosotros por la gracia del Bautismo, en quien estos acontecimientos encuentran su culmen, para nuestra salvación y plenitud de vida”.

El Pontífice aseguró que la gracia de Jesús “ilumina este mundo, que parece estar en una búsqueda constante de novedades y cambios, incluso a expensas de sacrificar cosas importantes —tiempo, energías, valores, afectos— como si la fama, los bienes materiales, el entretenimiento o las relaciones pasajeras pudieran satisfacer nuestro corazón o hacernos inmortales”.

“Es el síntoma de una necesidad de infinito que cada uno de nosotros lleva dentro, pero cuya respuesta no puede depositarse en lo efímero. Nada de lo creado puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no encontramos paz hasta que descansamos en Él”, aseguró.

En ese sentido, el Papa León XIV afirmó que el relato de la resurrección de Lázaro invita a las personas a ponerse “a la escucha de esa profunda necesidad y, con la fuerza del Espíritu Santo, liberar nuestros corazones de hábitos, condicionamientos y formas de pensar que, como grandes piedras, nos encierran en el sepulcro del egoísmo, el materialismo, la violencia y de la superficialidad. En estos lugares no hay vida, sino sólo desorientación, insatisfacción y soledad”.

“Jesús también a nosotros nos grita: ‘¡Ven afuera!’, animándonos a salir, renovados por su gracia, de esos espacios angostos, para caminar en la luz del amor, como mujeres y hombres nuevos, capaces de esperar y amar según el modelo de su caridad infinita, sin cálculos y sin límites”, expresó.

León XIV concluyó su reflexión pidiendo a la Virgen María que “nos ayude a vivir así estos días santos: con su fe, con su confianza, con su fidelidad, para que también en nosotros se renueve cada día la experiencia luminosa del encuentro con su Hijo resucitado”.

domingo, 11 de enero de 2026

HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR - 11 DE ENERO DE 2026

 



 TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV en la fiesta del Bautismo del Señor

El Papa bautizó este domingo algunos niños en la Capilla Sixitna | Crédito: Vatican Media

11 de enero de 2026


Este 11 de enero, en la fiesta del Bautismo del Señor, el Papa León XIV impartió el primero de los sacramentos de iniciación cristiana a 20 niños, hijos de empleados vaticanos, felicitando a los padres por darles a los pequeños el don más grande que es la fe. Lea aquí la homilía que pronunció el Santo Padre.


Queridos hermanos y hermanas:

Cuando el Señor entra en la historia, sale al encuentro de la vida de cada uno con el corazón abierto y humilde. Él busca nuestra mirada con la suya, llena de amor, y dialoga con nosotros revelándonos al Verbo de la salvación. Hecho hombre, el Hijo de Dios abre para todos una posibilidad sorprendente, que inaugura un tiempo nuevo e inesperado incluso para los profetas. Juan el Bautista se da cuenta enseguida y le dice a Jesús: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mt 3,14).

Como luz en las tinieblas, el Señor se deja encontrar allí donde no lo esperamos: es el Santo entre los pecadores, que quiere habitar en medio de nosotros sin mantener distancias, sino asumiendo plenamente todo lo que es humano.

«Ahora déjame hacer esto», responde Jesús a Juan, «porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo» (v. 15). ¿A qué justicia se refiere? A la de Dios, que en el bautismo de Jesús obra nuestra justificación: en su infinita misericordia, el Padre nos hace justos por medio de su Cristo, el único Salvador de todos.

¿Cómo sucede esto? Aquel que es bautizado por Juan en el Jordán hace de este gesto un signo nuevo de muerte y resurrección, de perdón y de comunión. Este es el sacramento que celebramos hoy para estos niños; que Dios los ama, y se convierten en cristianos, en nuestros hermanos y hermanas.

Los hijos que ahora tienen en brazos se convierten en criaturas nuevas. Así como de ustedes, sus padres, han recibido la vida, ahora reciben también el sentido para vivirla: la fe. Cuando sabemos que un bien es esencial, enseguida lo buscamos para aquellos a quienes amamos. ¿Quién de nosotros, en efecto, dejaría a los recién nacidos sin ropa o sin alimento, esperando que de mayores elijan cómo vestirse y qué comer? Queridos hermanos, si el alimento y el vestido son necesarios para vivir, la fe es más que necesaria, porque con Dios la vida encuentra la salvación.

El amor providente de Dios se manifiesta en la tierra a través de ustedes, mamás y papás, que piden la fe para sus hijos. Ciertamente, llegará el día en que serán pesados para llevarles en brazos; y llegará también el día en que serán ellos quienes los sostengan a ustedes. El Bautismo, que nos une en la única familia de la Iglesia, santifique en todo momento a todas sus familias, otorgando fuerza y constancia al afecto que los une.

Los gestos que dentro de poco realizaremos son bellísimos testimonios de ello: el agua de la fuente es el baño en el Espíritu, que purifica de todo pecado; la vestidura blanca es el traje nuevo que Dios Padre nos concede para la fiesta eterna de su Reino; la vela encendida del cirio pascual es la luz de Cristo resucitado, que ilumina nuestro camino. Les deseo que continúen ese camino, con alegría, a lo largo del año que acaba de comenzar y durante toda la vida, seguros de que el Señor siempre acompañará sus pasos.

domingo, 28 de diciembre de 2025

EL PAPA LEÓN XIV PIDE PROTEGER LA LLAMA DEL AMOR EN LAS FAMILIAS FRENTE AL BIENESTAR VACÍO Y SUPERFICIAL

 



 El Papa León XIV pide proteger la “llama del amor” en las familias frente al bienestar “vacío y superficial”


Foto -  Crédito: Vatican Media

Por Victoria Cardiel

28 de diciembre de 2025



En el Ángelus de este domingo, en el que la Iglesia Católica celebra la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, el Papa León XIV exhortó a las familias cristianas a custodiar y fortalecer la “llama del amor” frente a los “mitos” contemporáneos que, entre otras cosas, proponen un bienestar “vacío y superficial”.


“Lamentablemente, el mundo siempre tiene sus ‘Herodes’, sus mitos del éxito a cualquier precio, del poder sin escrúpulos, del bienestar vacío y superficial, y a menudo, sufre las consecuencias con la soledad, la desesperación, con las divisiones y conflictos”, aseveró el Pontífice ante los fieles y peregrinos que se reunieron en la Plaza de San Pedro para escuchar sus palabras antes de rezo mariano.


En este contexto, León XIV llamó a no dejarse seducir por los falsos ídolos del mundo actual y pidió no dejar que “estos espejismos sofoquen la llama del amor en las familias cristianas”.


Por el contrario, animó a proteger en ellas “los valores del Evangelio: la oración, la frecuencia a los sacramentos —especialmente la confesión y la comunión—, los afectos sanos, el diálogo sincero, la fidelidad, el realismo sencillo y hermoso de las palabras y los gestos buenos de cada día”.


Al comentar el pasaje evangélico de la huida a Egipto (cf. Mt 2,13-15.19-23), el Pontífice subrayó que se trata de “un momento de prueba para Jesús, María y José” porque sobre el “resplandeciente cuadro de la Navidad se proyecta, casi de improviso, la inquietante sombra de una amenaza mortal”.


El Santo Padre aludió así a la figura de Herodes, a quien describió como “un hombre cruel y sanguinario, profundamente solo y obsesionado por el miedo a ser destronado”.


Cierra la primera Puerta Santa del Jubileo 2025: “No se cierra la gracia de Dios, sino un tiempo especial de la Iglesia”

Herodes, “cegado por el miedo a perder el trono, sus riquezas, sus privilegios”

El Papa explicó que Herodes, al enterarse por los Magos del nacimiento del “rey de los judíos”, “decreta la muerte de todos los niños de la edad de Jesús”, incapaz de reconocer el cumplimiento de las promesas de salvación por estar “cegado por el miedo a perder el trono, sus riquezas, sus privilegios”. 


En Belén, continuó, "hay luz, hay alegría; algunos pastores han recibido el anuncio celestial y ante el pesebre han glorificado a Dios (cf. Lc 2,8-20), pero nada de esto logra penetrar las defensas blindadas del palacio real, salvo como un eco distorsionado de una amenaza que hay que sofocar con violencia ciega".


En contraste, destacó que frente a esta "dureza de corazón" la Sagrada Familia representa “el nido y la cuna de la única respuesta posible de salvación: la de Dios que, con total gratuidad, se entrega a los hombres sin reservas y sin pretensiones”.


El Pontífice puso también el acento en la figura de San José, cuyo gesto obediente —al llevar a salvo a María y al Niño— “se manifiesta aquí en todo su significado redentor”.


“En Egipto crece la llama del amor doméstico a la que el Señor ha confiado su presencia en el mundo y cobra vigor para llevar la luz al mundo entero”, afirmó.


Familias, luz de esperanza para los "entornos en los que vivimos"

Finalmente, invitó a contemplar el misterio de la Sagrada Familia pensando en las familias de hoy y en su misión en la sociedad.


“Esto las convertirá en luz de esperanza para los entornos en los que vivimos, escuela de amor e instrumento de salvación en las manos de Dios”, dijo. Finalmente, el Pontífice encomendó a todas las familias a la intercesión de María y san José, para que sean “un signo eficaz de la presencia y del amor sin fin de Dios”.

lunes, 8 de diciembre de 2025

EN LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN, EL PAPA LEÓN XIV ANIMA A RENOVAR CADA DÍA NUESTRO SÍ A DIOS

 



 En la solemnidad de la Inmaculada Concepción, el Papa anima a renovar cada día nuestro “sí” a Dios

Por Almudena Martínez-Bordiú

8 de diciembre de 2025


El Papa León XIV dirigió este lunes el rezo del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano con ocasión de la solemnidad de la Inmaculada Concepción.

Ante los fieles y peregrinos que le escuchaban desde la Plaza de San Pedro, el Pontífice comentó que este 8 de diciembre expresamos nuestra alegría “porque el Padre Celestial quiso a María íntegramente inmune de la mancha  del pecado original”.

“El Señor concedió a María la gracia extraordinaria de un corazón totalmente puro, en vista de un milagro aún mayor: la venida al mundo, como hombre, de Cristo Salvador”, añadió.

También indicó que el don de la plenitud de gracia, en la joven de Nazaret, “pudo dar fruto porque ella, en su libertad, lo acogió abrazando el proyecto de Dios”. 

En este sentido, subrayó que “el Señor siempre actúa así: nos concede grandes dones, pero nos deja libres para aceptarlos o no”.

Para el Santo Padre esta fiesta también nos invita a “creer como ella creyó, dando nuestro generoso consentimiento a la misión a la que el Señor nos llama.” 

De este modo, señaló que el milagro que para María sucedió en su concepción, para nosotros “se renovó en el Bautismo: lavados del pecado original, hemos sido hechos hijos de Dios, morada suya y templo de su Espíritu”. 

“Maravilloso es el ‘sí’ de la Madre del Señor, pero también puede serlo el nuestro, renovado cada día con fidelidad, gratitud, humildad y perseverancia en la oración y en las obras concretas de amor, desde los gestos más extraordinarios hasta las tareas diarias y los servicios más cotidianos, para que Jesús sea conocido, recibido y amado en todas partes, y su salvación llegue a todos”, destacó. 

domingo, 23 de noviembre de 2025

TEXTO COMPLETO: CARTA APOSTÓLICA DEL PAPA LEÓN XIV "IN UNITATE FIDEI" SOBRE EL CONCILIO ECUMÉNICO DE NICEA

 


 TEXTO COMPLETO: Carta apostólica del Papa León XIV "In unitate fidei" sobre el Concilio Ecuménico de Nicea

 Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News

23 de noviembre de 2025



A pocos días del Viaje Apostólico a Turquía para conmemorar el 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea, el Papa León XIV publica una nueva Carta apostólica reafirmando “en la unidad de la fe” la respuesta de los Padres conciliares que “confesaron que Jesús es el Hijo de Dios”. Lea aquí el texto completo de In unitate fidei (En unidad de fe).

1. En la unidad de la fe, proclamada desde los orígenes de la Iglesia, los cristianos están llamados a caminar concordes, custodiando y transmitiendo con amor y con alegría el don recibido. Esto se expresa en las palabras del Credo: «Creemos en Jesucristo, Hijo único de Dios, que por nuestra salvación bajó del cielo», formuladas por el Concilio de Nicea, el primer acontecimiento ecuménico de la historia del cristianismo, hace 1700 años.

Mientras me dispongo a realizar el Viaje Apostólico a Turquía, con esta carta deseo alentar en toda la Iglesia un renovado impulso en la profesión de la fe, cuya verdad, que desde hace siglos constituye el patrimonio compartido entre los cristianos, merece ser confesada y profundizada de manera siempre nueva y actual.

Al respecto, ha sido aprobado un rico documento de la Comisión Teológica Internacional: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. El 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea. A él remito, porque ofrece útiles perspectivas para profundizar en la importancia y actualidad no sólo teológica y eclesial, sino también cultural y social del Concilio de Nicea.

2. «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios»: así san Marcos titula su Evangelio, resumiendo todo su mensaje precisamente en el signo de la filiación divina de Jesucristo. Del mismo modo, el apóstol Pablo sabe que está llamado a anunciar el Evangelio de Dios sobre su Hijo muerto y resucitado por nosotros (cf. Rm 1,9), que es el “sí” definitivo de Dios a las promesas de los profetas (cf. 2 Co 1,19-20).

En Jesucristo, el Verbo que era Dios antes de los tiempos y por medio del cual todo fue hecho —recita el prólogo del Evangelio de san Juan—, «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). En Él, Dios se ha hecho nuestro prójimo, de modo que todo lo que hagamos a cada uno de nuestros hermanos, a Él se lo hacemos (cf. Mt 25,40).

En este Año Santo dedicado a Cristo, quien es nuestra esperanza, es una coincidencia providencial que se celebre también el 1700 aniversario del primer Concilio Ecuménico de Nicea, que en el 325 proclamó la profesión de fe en Jesucristo, Hijo de Dios. Este es el corazón de la fe cristiana. Aún hoy, en la celebración eucarística dominical pronunciamos el Símbolo Niceno- constantinopolitano, profesión de fe que une a todos los cristianos.

Ella nos da esperanza en los tiempos difíciles que vivimos, en medio de muchas preocupaciones y temores, amenazas de guerra y violencia, desastres naturales, graves injusticias y desequilibrios, hambre y miseria sufrida por millones de hermanos y hermanas nuestros.

3. Los tiempos del Concilio de Nicea no eran menos turbulentos. Cuando comenzó, en el 325, aún estaban abiertas las heridas de las persecuciones contra los cristianos. El Edicto de tolerancia de Milán (313), promulgado por los emperadores Constantino y Licinio, parecía anunciar el amanecer de una nueva era de paz. Sin embargo, tras las amenazas externas, pronto surgieron disputas y conflictos en la Iglesia. Arrio, un presbítero de Alejandría de Egipto, enseñaba que Jesús no es verdaderamente el Hijo de Dios; aunque tampoco una simple criatura, sería un ser intermedio entre el Dios inalcanzablemente lejano y nosotros. Además, habría habido un tiempo en el que el Hijo “no era”. Esto concordaba con la mentalidad de la época y por ello resultaba plausible.

Pero Dios no abandona a su Iglesia, suscitando siempre hombres y mujeres valientes, testigos de la fe y pastores que guían a su pueblo e indican el camino del Evangelio. El obispo Alejandro de Alejandría se dio cuenta de que las enseñanzas de Arrio no eran coherentes con la Sagrada Escritura.

Como Arrio no se mostraba conciliador, Alejandro convocó a los obispos de Egipto y Libia a un sínodo, que condenó la enseñanza de Arrio; luego envió una carta a los demás obispos de Oriente para informarlos detalladamente.

En Occidente se activó el obispo Osio de Córdoba, en España, ya probado como ferviente confesor de la fe durante la persecución bajo el emperador Maximiano y que gozaba de la confianza del obispo de Roma, el Papa Silvestre.

También los seguidores de Arrio se compactaron. Esto llevó a una de las mayores crisis en la historia de la Iglesia del primer milenio. El motivo de la disputa no era un detalle secundario. Se trataba del centro de la fe cristiana, es decir, de la respuesta a la pregunta decisiva que Jesús había planteado a los discípulos en Cesarea de Filipo: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» (cf. Mt 16,15).

4. Mientras la controversia se intensificaba, el emperador Constantino se dio cuenta de que, junto con la unidad de la Iglesia, también estaba amenazada la unidad del Imperio. Convocó entonces a todos los obispos a un concilio ecuménico, es decir, universal, en Nicea, para restablecer la unidad.

El sínodo, llamado de los “318 Padres”, se desarrolló bajo la presidencia del emperador: el número de obispos reunidos era sin precedentes. Algunos de ellos llevaban aún las marcas de las torturas sufridas durante la persecución. La gran mayoría provenía de Oriente, mientras que, al parecer, sólo cinco eran occidentales. El Papa Silvestre se apoyó en la figura, teológicamente autorizada, del obispo Osio de Córdoba y envió a dos presbíteros romanos.

estimonio de su fidelidad a la Sagrada Escritura y a la Tradición apostólica, tal como se profesaba durante el bautismo según el mandato de Jesús: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). En Occidente existían diversas fórmulas, entre ellas el llamado Credo de los Apóstoles.[1] También en Oriente existían muchas profesiones bautismales, semejantes entre sí en su estructura.

No se trataba de un lenguaje erudito y complicado, sino más bien —como se dijo después— del lenguaje sencillo comprendido por los pescadores del mar de Galilea. Sobre esta base, el Credo niceno comienza profesando: «Creemos en un solo Dios Padre Todopoderoso, creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles».[2] Con ello los Padres conciliares expresaron la fe en el Dios uno y único. En el Concilio no hubo controversia al respecto.

Se debatió, en cambio, un segundo artículo, que utiliza también el lenguaje de la Biblia para profesar la fe en «un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios». El debate se debía a la necesidad de responder a la cuestión planteada por Arrio acerca de cómo debía entenderse la afirmación “Hijo de Dios” y cómo podía conciliarse con el monoteísmo bíblico. El Concilio estaba llamado, por tanto, a definir el significado correcto de la fe en Jesús como “el Hijo de Dios”.

Los Padres confesaron que Jesús es el Hijo de Dios en cuanto es «de la misma sustancia (ousia) del Padre [...] generado, no creado, de la misma sustancia (homooúsios) del Padre».

Con esta definición se rechazaba radicalmente la tesis de Arrio.[3] Para expresar la verdad de la fe, el Concilio usó dos palabras, “sustancia” (ousia) y “de la misma sustancia” (homooúsios), que no se encuentran en la Escritura.

Al hacerlo no quiso sustituir las afirmaciones bíblicas por la filosofía griega. Al contrario, el Concilio empleó estos términos para afirmar con claridad la fe bíblica, distinguiéndola del error helenizante de Arrio. La acusación de helenización no se aplica, pues, a los Padres de Nicea, sino a la falsa doctrina de Arrio y sus seguidores.

En positivo, los Padres de Nicea quisieron permanecer firmemente fieles al monoteísmo bíblico y al realismo de la encarnación. Quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo.

6. Para expresar su mensaje en el lenguaje sencillo de la Biblia y de la liturgia familiar a todo el Pueblo de Dios, el Concilio retoma algunas formulaciones de la profesión bautismal: «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero». El Concilio adopta luego la metáfora bíblica de la luz: «Dios es luz» (1 Jn 1,5; cf. Jn 1,4-5). Como la luz que irradia y se comunica a sí misma sin disminuir, así el Hijo es el reflejo (apaugasma) de la gloria de Dios y la imagen (character) de su ser (hipóstasis) (cf. Hb 1,3; 2 Co 4,4). El Hijo encarnado, Jesús, es por ello la luz del mundo y de la vida (cf. Jn 8,12).

Por el bautismo, los ojos de nuestro corazón son iluminados (cf. Ef 1,18), para que también nosotros podamos ser luz en el mundo (cf. Mt 5,14).

Finalmente, el Credo afirma que el Hijo es «Dios verdadero de Dios verdadero». En muchos pasajes, la Biblia distingue a los ídolos muertos del Dios verdadero y viviente. El Dios verdadero es el Dios que habla y actúa en la historia de la salvación: el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, que se reveló a Moisés en la zarza ardiente (cf. Ex 3,14), el Dios que ve la miseria del pueblo, escucha su clamor, lo guía y lo acompaña a través del desierto con la columna de fuego (cf. Ex 13,21), le habla con voz de trueno (cf. Dt 5,26) y tiene compasión de él (cf. Os 11,8-9). El cristiano es llamado, por tanto, a convertirse de los ídolos muertos al Dios vivo y verdadero (cf. Hch 12,25; 1 Ts 1,9). En este sentido, Simón Pedro confiesa en Cesarea de Filipo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

7. El Credo de Nicea no formula una teoría filosófica. Profesa la fe en el Dios que nos ha redimido por medio de Jesucristo. Se trata del Dios viviente: Él quiere que tengamos vida y que la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Por eso el Credo continúa con las palabras de la profesión bautismal: el Hijo de Dios “que por nosotros lo hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y se encarnó y se hizo hombre; murió y resucitó al tercer día, y subió al cielo, y vendrá para juzgar a vivos y muertos”. Esto deja claro que las afirmaciones cristológicas de fe del Concilio están insertas en la historia de salvación entre Dios y sus criaturas.

San Atanasio, que había participado en el Concilio como diácono del obispo Alejandro y le sucedió en la sede de Alejandría de Egipto, subrayó repetidamente y con eficacia la dimensión soteriológica que el Credo niceno expresa. Escribe en efecto que el Hijo, que descendió del cielo, «nos hizo hijos para el Padre y, habiendo llegado Él mismo a ser hombre, divinizó a los hombres.

No se trata de que siendo hombre posteriormente haya llegado a ser Dios, sino que siendo Dios se hizo hombre para divinizarnos a nosotros».[4] Sólo si el Hijo es verdaderamente Dios esto es posible: ningún ser mortal, de hecho, puede vencer a la muerte y salvarnos; sólo Dios puede hacerlo.

Él nos ha liberado en su Hijo hecho hombre para que fuésemos libres (cf. Ga 5,1). Merece ser resaltado, en el Credo de Nicea, el verbo descendit, «descendió». San Pablo describe con expresiones fuertes este movimiento: «[Cristo] se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres» (Flp 2,7), así como afirma el prólogo del Evangelio de san Juan: «Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Por eso — enseña la Carta a los Hebreos— «no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado» (Hb 4,15).

La tarde antes de su muerte se inclinó como un esclavo para lavar los pies a los discípulos (cf. Jn 13,1-17). Y el apóstol Tomás, sólo cuando pudo poner los dedos en la herida del costado del Señor resucitado, confesó: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).

Es precisamente en virtud de su encarnación que encontramos al Señor en nuestros hermanos y hermanas necesitados: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

El Credo niceno no nos habla, por tanto, de un Dios lejano, inalcanzable, inmóvil, que descansa en sí mismo, sino de un Dios que está cerca de nosotros, que nos acompaña en nuestro camino por las sendas del mundo y en los lugares más oscuros de la tierra.

Su inmensidad se manifiesta en el hecho de que se hace pequeño, se despoja de su infinita majestad haciéndose nuestro prójimo en los pequeños y en los pobres. Esto revoluciona las concepciones paganas y filosóficas de Dios.

Otra palabra del Credo niceno es para nosotros hoy particularmente reveladora. La afirmación bíblica «se hizo carne», precisada añadiendo la palabra «hombre» después de la palabra «encarnado».

Nicea toma así distancia de la falsa doctrina según la cual el Logos habría asumido sólo un cuerpo como revestimiento exterior, pero no el alma humana, dotada de entendimiento y libre albedrío. Al contrario, quiere afirmar lo que el Concilio de Calcedonia (451) declararía explícitamente: en Cristo, Dios ha asumido y redimido al ser humano entero, con cuerpo y alma. El Hijo de Dios se hizo hombre —explica san Atanasio— para que nosotros, los hombres, pudiéramos ser divinizados. [5]

Esta luminosa inteligencia de la Revelación divina había sido preparada por san Ireneo de Lyon y por Orígenes, y se desarrolló luego con gran riqueza en la espiritualidad oriental. La divinización no tiene nada que ver con la auto-deificación del hombre. Por el contrario, la divinización nos protege de la tentación primordial de querer ser como Dios (cf. Gn 3,5). Aquello que Cristo es por naturaleza, nosotros lo llegamos a ser por gracia. Por la obra de la redención, Dios no sólo ha restaurado nuestra dignidad humana como imagen de Dios, sino que Aquel que nos creó de modo maravilloso nos ha hecho partícipes, de modo más admirable aún, de su naturaleza divina (cf. 2 P 1,4).

La divinización es, por tanto, la verdadera humanización. He aquí por qué la existencia del hombre apunta más allá de sí misma, busca más allá de sí misma, desea más allá de sí misma y está inquieta hasta que reposa en Dios:[6] Deus enim solus satiat, ¡Sólo Dios satisface al hombre![7] Sólo Dios, en su infinitud, puede saciar el deseo infinito del corazón humano, y por eso el Hijo de Dios ha querido hacerse nuestro hermano y redentor.


8. Hemos dicho que Nicea rechazó claramente las enseñanzas de Arrio. Pero Arrio y sus seguidores no se rindieron. El mismo emperador Constantino y sus sucesores se alinearon cada vez más con los arrianos. El término homooúsios se convirtió en la manzana de la discordia entre nicenos y anti–nicenos, desencadenando así otros graves conflictos. San Basilio de Cesarea describe la confusión que se produjo con imágenes elocuentes, comparándola con una batalla naval nocturna en medio de una violenta tempestad,

[8] mientras que san Hilario da testimonio de la ortodoxia de los laicos frente al arrianismo de muchos obispos, reconociendo que «los oídos del pueblo son más santos que los corazones de los sacerdotes».[9]

La roca del Credo niceno fue san Atanasio, irreductible y firme en la fe. Aunque fue depuesto y expulsado hasta cinco veces de la sede episcopal de Alejandría, cada vez regresó a ella como obispo. Incluso desde el exilio continuó guiando al Pueblo de Dios mediante sus escritos y sus cartas. Como Moisés, Atanasio no pudo entrar en la tierra prometida de la paz eclesial. Esta gracia estaba reservada a una nueva generación, conocida como los “jóvenes nicenos”: en Oriente, los tres Padres capadocios, san Basilio de Cesarea (hacia 330-379), a quien se dio el título de “el Grande”, su hermano san Gregorio de Nisa (335-394) y el más grande amigo de Basilio, san Gregorio Nacianceno (329/30- 390).

En Occidente fueron importantes san Hilario de Poitiers (hacia 315-367) y su discípulo san Martín de Tours (hacia 316-397). Luego, sobre todo, san Ambrosio de Milán (333-397) y san Agustín de Hipona (354-430).

El mérito de los tres Capadocios, en particular, fue llevar a término la formulación del Credo niceno, mostrando que la Unidad y la Trinidad en Dios no están en absoluto en contradicción. En este contexto se formuló el artículo de fe sobre el Espíritu Santo en el primer Concilio de Constantinopla del año 381. Así, el Credo, que desde entonces se llamó Niceno-Constantinopolitano, dice: «Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre. Con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado, y ha hablado por medio de los profetas».[10]

Desde el Concilio de Calcedonia, en 451, el Concilio de Constantinopla fue reconocido como ecuménico y el Credo niceno–constantinopolitano fue declarado universalmente vinculante.[11] De este modo, llegó a ser un vínculo de unidad entre Oriente y Occidente. En el siglo XVI lo mantuvieron también las Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma. El Credo niceno–constantinopolitano resulta así la profesión común de todas las tradiciones cristianas.

9. Ha sido largo y lineal el camino que ha llevado desde la Sagrada Escritura a la profesión de fe de Nicea, después a su recepción por parte de Constantinopla y Calcedonia, y de nuevo hasta el siglo XVI y nuestro siglo XXI. Todos nosotros, como discípulos de Jesucristo, «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» somos bautizados, nos hacemos la señal de la cruz y somos bendecidos. Concluimos la oración de los salmos en la Liturgia de las Horas con «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo». La liturgia y la vida cristiana están, por tanto, firmemente ancladas en el Credo de Nicea y Constantinopla: lo que decimos con la boca debe venir del corazón, de modo que sea testimoniado en la vida. Debemos preguntarnos, por tanto: ¿qué ha sido de la recepción interior del Credo hoy? ¿Sentimos que concierne también a nuestra situación actual? ¿Comprendemos y vivimos lo que decimos cada domingo, y lo que eso significa para nuestra vida?

10. El Credo de Nicea comienza profesando la fe en Dios, Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra. Hoy, para muchos, Dios y la cuestión de Dios casi ya no tienen significado en la vida. El Concilio Vaticano II recalcó que los cristianos son al menos en parte responsables de esta situación, porque no dan testimonio de la verdadera fe y ocultan el auténtico rostro de Dios con estilos de vida y acciones alejadas del Evangelio. [12] En nombre de Dios se han librado guerras, se ha matado, perseguido y discriminado. En lugar de anunciar a un Dios misericordioso, se ha hablado de un Dios vengador que infunde terror y castiga.

El Credo de Nicea nos invita entonces a un examen de conciencia. ¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos? ¿Es Dios para mí el Dios viviente, cercano en toda situación, el Padre al que me dirijo con confianza filial? ¿Es el Creador a quien debo todo lo que soy y lo que tengo, cuyas huellas puedo encontrar en cada criatura? ¿Estoy dispuesto a compartir los bienes de la tierra, que pertenecen a todos, de manera justa y equitativa? ¿Cómo trato la creación, que es obra de sus manos? ¿La uso con reverencia y gratitud, o la exploto, la destruyo, en lugar de custodiarla y cultivarla como casa común de la humanidad?[13]

11. En el centro del Credo niceno–constantinopolitano destaca la profesión de fe en Jesucristo, nuestro Señor y Dios. Este es el corazón de nuestra vida cristiana. Por eso nos comprometemos a seguir a Jesús como Maestro, compañero, hermano y amigo. Pero el Credo niceno pide más: nos recuerda de hecho que no hemos de olvidar que Jesucristo es el Señor (Kyrios), el Hijo del Dios viviente, que «por nuestra salvación bajó del cielo» y murió «por nosotros» en la cruz, abriéndono el camino de la vida nueva con su resurrección y ascensión.

Ciertamente, el seguimiento de Jesucristo no es un camino ancho y cómodo, pero este sendero, a menudo exigente o incluso doloroso, conduce siempre a la vida y a la salvación (cf. Mt 7,13-14).

Los Hechos de los Apóstoles hablan del camino nuevo (cf. Hch 19,9.23; 22,4.14-15.22), que es Jesucristo (cf. Jn 14,6): seguir al Señor compromete nuestros pasos en el camino de la cruz, que por medio de la conversión nos conduce a la santificación y a la divinización.[14]

Si Dios nos ama con todo su ser, entonces también nosotros debemos amarnos unos a otros. No podemos amar a Dios, a quien no vemos, sin amar también al hermano y a la hermana que vemos (cf. 1 Jn 4,20). El amor a Dios sin el amor al prójimo es hipocresía; el amor radical al prójimo, sobre todo el amor a los enemigos sin el amor a Dios, es un heroísmo que nos supera y oprime.

En el seguimiento de Jesús, la subida a Dios pasa por el abajamiento y la entrega a los hermanos y hermanas, sobre todo a los últimos, a los más pobres, a los abandonados y marginados. Lo que hayamos hecho al más pequeño de estos, se lo hemos hecho a Cristo (cf. Mt 25,31-46).

Ante las catástrofes, las guerras y la miseria, podemos testimoniar la misericordia de Dios a las personas que dudan de Él sólo cuando ellas experimentan su misericordia a través de nosotros.[15]

12. Finalmente, el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico. A este propósito, la consecución de la unidad de todos los cristianos fue uno de los objetivos principales del último Concilio, el Vaticano II.[16] Treinta años atrás exactamente, san Juan Pablo II prosiguió y promovió el mensaje conciliar en la Encíclica Ut unum sint (25 de mayo de 1995). Así, con la gran conmemoración del primer Concilio de Nicea, celebramos también el aniversario de la primera encíclica ecuménica.

Ella puede considerarse como un manifiesto que ha actualizado aquellas mismas bases ecuménicas puestas por el Concilio de Nicea. Gracias a Dios el movimiento ecuménico ha alcanzado bastantes resultados en los últimos sesenta años. Aunque la plena unidad visible con las Iglesias ortodoxas y ortodoxas orientales y con las Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma aún no nos ha sido dada, el diálogo ecuménico nos ha llevado, sobre la base del único bautismo y del Credo niceno–constantinopolitano, a reconocer a nuestros hermanos y hermanas en Jesucristo en los hermanos y hermanas de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales y a redescubrir la única y universal Comunidad de los discípulos de Cristo en todo el mundo.

Compartimos de hecho la fe en el único y solo Dios, Padre de todos los hombres, confesamos juntos al único Señor y verdadero Hijo de Dios Jesucristo y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio. ¡Realmente lo que nos une es mucho más de lo que nos divide![17] De este modo, en un mundo dividido y desgarrado por muchos conflictos, la única Comunidad cristiana universal puede ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo a un compromiso mundial por la paz.

San Juan Pablo II nos ha recordado, en particular, el testimonio de los numerosos mártires cristianos procedentes de todas las Iglesias y Comunidades eclesiales: su memoria nos une y nos impulsa a ser testigos y artífices de paz en el mundo.

Para poder ejercer este ministerio de modo creíble, debemos caminar juntos para alcanzar la unidad y la reconciliación entre todos los cristianos. El Credo de Nicea puede ser la base y el criterio de referencia de este camino. Nos propone, de hecho, un modelo de verdadera unidad en la legítima diversidad. Unidad en la Trinidad, Trinidad en la Unidad, porque la unidad sin multiplicidad es tiranía, la multiplicidad sin unidad es desintegración.

La dinámica trinitaria no es dualista, como un excluyente aut-aut, sino un vínculo que implica, un et-et: el Espíritu Santo es el vínculo de unidad que adoramos junto con el Padre y el Hijo. Por tanto, debemos dejar atrás controversias teológicas que han perdido su razón de ser para adquirir un pensamiento común y, más aún, una oración común al Espíritu Santo, para que nos reúna a todos en una sola fe y un solo amor.

Esto no significa un ecumenismo de retorno al estado anterior a las divisiones, ni un reconocimiento recíproco del actual statu quo de la diversidad de las Iglesias y Comunidades eclesiales, sino más bien un ecumenismo orientado al futuro, de reconciliación en el camino del diálogo, de intercambio de nuestros dones y patrimonios espirituales.

El restablecimiento de la unidad entre los cristianos no nos empobrece, al contrario, nos enriquece. Como en Nicea, este propósito sólo será posible mediante un camino paciente, largo y a veces difícil de escucha y acogida recíproca.

Se trata de un desafío teológico y, aún más, de un desafío espiritual, que requiere arrepentimiento y conversión por parte de todos. Por ello necesitamos un ecumenismo espiritual de oración, alabanza y culto, como sucedió en el Credo de Nicea y Constantinopla.

Invoquemos, pues, al Espíritu Santo, para que nos acompañe y nos guíe en esta obra. Santo Espíritu de Dios, tú guías a los creyentes en el camino de la historia. Te damos gracias porque has inspirado los Símbolos de la fe y porque suscitas en el corazón la alegría de profesar nuestra salvación en Jesucristo, Hijo de Dios, consubstancial al Padre. Sin Él nada podemos.

Tú, Espíritu eterno de Dios, de época en época rejuveneces la fe de la Iglesia. Ayúdanos a profundizarla y a volver siempre a lo esencial para anunciarla.

Para que nuestro testimonio en el mundo no sea inerte, ven, Espíritu Santo, con tu fuego de gracia, a reavivar nuestra fe, a encendernos de esperanza, a inflamarnos de caridad. Ven, divino Consolador, Tú que eres la armonía, a unir los corazones y las mentes de los creyentes. Ven y danos a gustar la belleza de la comunión.

Ven, Amor del Padre y del Hijo, a reunirnos en el único rebaño de Cristo. Indícanos los caminos que hay que recorrer, para que con tu sabiduría volvamos a ser lo que somos en Cristo: una sola cosa, para que el mundo crea. Amén.

Vaticano, 23 de noviembre de 2025, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo.


LEÓN PP. XIV

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